La undécima huella digital

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La undécima huella digital

 El ejercicio creativo de las mujeres ha sido condicionado por los entornos sociales a los que pertenece a lo largo de su devenir.

Baste para advertirlo un ligero vistazo a la historia del arte y observar que creadoras como Sofonisba Anguissola, Artemisa Gentileschi, Judith Leyster y Edmonia Lewis, por solo citar unas cuantas, encontraron obstáculos con relación a su creación y a su presencia en la historia del arte, como la atribución o autoría ajena de alguna de sus obras o estilos, por no hablar de las enormes tribulaciones que les significó hacer compatible las obligaciones domésticas y las responsabilidades inherentes a la crianza de los hijos con la producción artística.

Pero este somero catálogo de obstáculos, no podría ser completado sin detenerse, aunque sea por un momento, en el papel desempeñado por la crítica especializada que tampoco se ha caracterizado por exhibir y juzgar con el mismo rasero a la producción de los hombres que aquella dimanada del talento femenino.

Lo anterior, como es fácil apreciar, ha traído como consecuencia un efecto discriminatorio en el valor económico que la producción artística de las mujeres ha merecido en el mercado; en la trascendencia social que la obra de arte ha alcanzado en el mundo y en la subsecuente desmemoria histórica sobre el lenguaje visual y la creación femenina.

Esta última consecuencia del trato diferenciado a la obra de arte producida por las mujeres: la desmemoria, trae a su vez silencio e invisibilidad, condiciones comunes a lo femenino en cualquier ámbito desde la época pre colonial hasta la vida cotidiana actual.

Apreciado de esta forma, el silencio es para las mujeres una materia prima con la que elabora todo lo que le cubre, ya sea en la esfera de la intimidad con lo relativo a sus pensamientos, a sus acciones, a su cuerpo o a su familia; como en el ámbito de lo público con lo referente a su trabajo, a la educación o a la acción política. El silencio cocina y madura las palabras y con el tiempo la mujer aprende a reconocer el silencio que le corresponde.

El silencio también representa el reconocimiento y tolerancia frente a la diferencia de géneros, es la diferencia genuina, el silencio auto impuesto por convicción, no el que marca, acota y somete.

El silencio es otra de nuestras señas de identidad.

 Sol Garcidueñas, Abril de 2014

 

 

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