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Tema de interés personal y como artista visual:

Los desechos de la sociedad de consumo en la escultura e instalación contemporáneas. Análisis de la serie escultórica personal   

 

 

Todos los seres humanos (los que han existido, existimos y existirán en el futuro en el mundo) hemos dependido de los ecosistemas del planeta y de lo que nos brindan: alimento, agua, tierra fértil, control de las enfermedades, regulación climática e, incluso, deleite espiritual y estético.

Durante el último medio siglo, los humanos hemos modificado estos ecosistemas más extensa y rápidamente que cualquier otro periodo comparable de la historia de la humanidad. La mayor parte de estos cambios ha ocurrido por la necesidad de atender crecientes demandas de recursos y energía de una población mundial que ha crecido de manera exponencial en casi todo el siglo XIX y la mayor parte del XX, y que, después de la segunda Guerra Mundial—en gran parte del mundo occidental—, aumentó per cápita dichas demandas a tasa sin precedente.

Dr. José Sarukán[1]

Hoy son cada vez más evidentes los efectos que genera la sociedad de consumo en el ambiente. Como es conocido, a nivel mundial, ha devenido más preocupante la frecuencia con que se descubre, y la forma en que repercute algún nuevo signo del calentamiento global, atribuido al exceso de gases lanzados al ambiente, obtenidos de quemar combustibles fósiles.

La cantidad inconmensurable de basura que generamos diariamente, también es un grave problema social, económico, político y desde luego ambiental. En nuestro país y específicamente en nuestra ciudad, por muchos años se discutió a nivel legislativo si se cerraba el relleno sanitario del Bordo Poniente[2], a finales del  2011 fue definitivamente clausurado. Y también el Bordo de Xochiaca,[3] fue cerrado para siempre el día 30 de noviembre de 2010, debido a una explosión causada por gases que se formaron en su subsuelo por las infiltraciones de fluidos de la basura orgánica (lixiviados). Pero aunado a ello, el gran problema ha sido en dónde establecer el nuevo y extenso sitio para depositar las toneladas diarias de desechos que surgen de nuestra enorme ciudad y sus zonas conurbadas. Los estados vecinos a esta ciudad capital se han rehusado a aceptar la que parece ser una ignominiosa oferta, y los diferentes gobiernos han buscado alternativas para subsanar este problema, pero sin encontrar todavía algo que lo solucione de manera inocua.

Y mientras que las toneladas de basura crecen, el abastecimiento del agua se hace cada vez más limitado  para diferentes sectores de la sociedad, se habla ya de un estrés hídrico que se ha elevado  paulatina y gravemente, ya que los niveles de agua en las presas y en los mantos freáticos  que surten a las ciudades como la nuestra, no se abastecen al mismo ritmo que se consumen, como sucede con el gran complejo de distribución conocido como Cutzamala. Y las campañas de concientización y alerta respecto al consumo racional del agua  parecen no tener un efecto en las actitudes de los habitantes  de la Ciudad de México (me refiero también a funcionarios y empresarios), ya que más del 30% del preciado líquido se pierde en fugas.

Pero, todo esto ¿qué tiene qué ver con el arte?

Es por demás valorado, recurrente y hasta obvio el hecho de que el artista se nutre de su contexto histórico para producir obra y difícilmente parte de la nada para crear (a no ser que deliberadamente se trate de una postura, concepto filosófico o búsqueda personal, pero aún en ese caso, esa voluntad creadora partirá o intentará negar o anular lo que conoce, lo que es, lo que hace referencia a su realidad, a sus sueños, ideales,  bagaje e identidad, a su propia existencia o a la autoreferencialidad del arte).

La relación que el autor guarda con su entorno puede ser muy variada y entendida a muy diversos niveles. De la misma forma puede ser abordada con una gran variedad de opciones temáticas, sintácticas, disciplinares, técnicas, semánticas, etc. como podemos observar a lo largo de la historia del arte mundial, en miles de libros, exposiciones y todo tipo de documentos que dan fe de ello.

En lo personal, me cuento entre quienes consideran que quien produce una obra plástica no puede ni debe ser indiferente a su realidad, y menos aún cuando esa realidad es consecuencia de su actitud y la de sus congéneres. El vivir en una época de hiperconsumo en un Imperio de lo efímero, “disfrutando” una Felicidad paradójica dentro de La Era del vacío y ser parte de la Sociedad de la decepción (Lipovettsky),  también calificada como civilización del espectáculo (Vargas Llosa), la que desde los años 70 algunos deseaban concebir y nombrar como era de la frugalidad o la alternativa ecológica a la crisis (Warren Jonhson), y que puede seguir adquiriendo numerosos calificativos, como La cultura de lo efímero, a la cual se refiere García Canclini, en la que el arte no sale bien librado, pues afirma que “Mucho de lo que se hace ahora en las artes se produce y circula según las reglas de las innovaciones y la obsolescencia periódica, no debido al impulso experimental, como en tiempos de las vanguardias, sino porque las manifestaciones culturales han sido sometidas a los valores que “dinamizan” el mercado y la moda: consumo incesantemente renovado, sorpresa y entretenimiento”[4].

Así pues, si aquí y ahora nos tocó vivir (parodiando a Cristina Pacheco), ésta no solamente es una gran provocación para estudiarla y crear, esmerándose en ser congruente y  evitar, en lo posible, ser un depredador de recursos y contaminador de aire, suelo y/o agua.

Desde mi perspectiva, no para hacer una apología de la sociedad de consumo (como lo hizo Warhol, en su momento, que parecía el despertar del hombre occidental, liberado y moderno a los encantos del consumo y más aún del consumismo) sino para mostrar una postura crítica, de resistencia frente a ella,  para intentar llegar a las neuronas que puedan modificar de cierta forma la dirección que lleva la ausencia de conciencia y su efecto en nuestro entorno cercano y en general en todo el planeta.

Escribir sobre estos temas no parte, en principio y por una parte, de una motivación puramente teórica o vista por medio de los medios (valga la redundancia), sino de una motivación un tanto impactante y poco grata para los sentidos, que experimenté, con diferentes generaciones de alumnos, al recorrer varios kilómetros a un costado del Bordo de Xochiaca, en dirección a San Lorenzo Chimalhuacán, para visitar a los escultores y canteros que tallan magistralmente el basalto, mexicano por excelencia conocido como Recinto.

También por otro lado, de todos aquellos desechos plásticos que se iban acumulando, primero por el consumo familiar, que después de lavar, no era capaz de lanzar sin remordimiento al camión de la basura, y que parecían una plaga creciente que devoraba mi espacio y que me obligaba a pensar en una solución, en un aprovechamiento de ese material en potencia, por lo que, después de pruebas y un asesoramiento especializado de un químico[5] reconocido y muy avezado en lo que se refiere a problemática ambiental, fui procesando en una propuesta escultórica titulada  , en la que después se han ido involucrando  personas de mi comunidad, grupos, amigos, familiares y a algunos alumnos y ex alumnos.

Si, tal vez para algún lector de estas líneas sea conocido el nombre de esta serie, y tal vez también recuerde que ya en mis estudios de maestría realicé una investigación  que se refería al análisis de cinco piezas de la serie en el contexto antes referido. En efecto, ese ha sido un tema que me ha inquietado desde 1985 y que he podido ir desarrollando con más claridad a partir del 98, que ha ido creciendo y para el que cada día encuentro más material (no solamente me refiero al físico, que son propiamente los desechos) sino al que se vierte en textos, reportajes, conferencias, películas, documentales, eventos, etc.

Además se ha hecho menester estudiar a mayor profundidad esa Sociedad de Consumo a la que me he referido constante y obligadamente, con el apoyo de la historia, la sociología, la ecología y tangencialmente la economía, para clarificar lo que significa, para, como ser humano y como productor plástico, tener conductas y crear obra que de alguna manera emita una respuesta hacia ella.

Y por otra parte insistir en la revisión de los términos desecho y basura, como dos aspectos muy diferenciados del problema, que en el momento de conceptualizarse, dan por resultado un sentido diferente a los planteamientos de todo tipo, principalmente, a los ambientalistas y también a los artísticos, ya que el primero implica un cuidado de mantenerlo en su estado original y poderlo reciclar o reutilizar, y el segundo implica descuido e indiferencia y una imposibilidad de su aprovechamiento de manera inocua para el ambiente.

Enseguida, revisar la obra que se ha venido produciendo con estos planteamientos en la historia del arte y en el terreno contemporáneo, ha sido un gran aporte para mí misma, ya que sentirse identificado no por estilo o tendencia, sino por principios que van más allá de “hacer cosas con” es una gran motivación.

Y finalmente aplicar un método sencillo de análisis para tomar distancia y “desmenuzar” mi trabajo plástico, es algo que me parece indispensable en todo productor que desea ser autocrítico y tener un acercamiento  a sus espectadores, y  no estar esperando  que un teórico o un curador le explique y clasifique lo que realizó.

Cabe aclarar, que dentro de todos estos rubros e intereses que abordo, y en la obra que se produce, de ninguna manera se desprecian u omiten las técnicas y procedimientos de la tradición, que frecuentemente se lían armónica o contrastantemente con los materiales, objetos y algunos procedimientos que he hecho propios.

Esta investigación, sin duda me ha ofrecido un mayor y amplio vínculo  en el terreno docente, ya que me permite crear interés en los alumnos por investigar y propiciar que se abran posibilidades discursivas y técnicas, entre otras.

Lilia Lemoine Roldán


[1] VVAA, 390 p.p.m. Planeta alterado, Cambios climáticos y México, Expo Guanajuato Bicentenario, México 2010, p.14

[2] Fue habilitado a finales de los años ochenta del siglo pasado a unos tres kilómetros de las pistas del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Al paso de los años se acumularon millones de toneladas de desechos y el relleno sanitario cerró sus puertas tras casi ocho años de posponer el cierre.

[3] Ubicado desde hace sesenta y cinco años en la zona nororiente del Estado de México, municipio de Nezahualcóyotl-Chimalhuacán.

[4] Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización, Ed. Grijalbo1995, México, p.32

[5] El químico Luis Manuel Guerra, director del Instituto Autónomo de Investigaciones Ecológicas.