GUIRNALDAS Y RAMILLETES DE LA FELICIDAD

O cómo se crea y comparte ese bien tan precioso pero escaso, frágil y fugaz.

Notas sobre una colección de cantos del género Mañanitas

Por Juan Diego Razo Oliva

Introducción.

No es mi objetivo por ahora plantear una tesis formal sobre esta hermosísima expresión de nuestra lírica literaria-musical: “Las Mañanitas” -tal vez la que goza de la más añeja, extendida y general aceptación en todo el territorio y todas las capas sociales del país-; quiero, más bien, informar que, sin habérmelo fijado como plan sistemático, he logrado reunir una colección de poco más de 30 ejemplos  fonográficos bastante característicos y, supongo, importantes para un estudio debidamente planeado; de los ejemplos, algunos son variantes de alguna versión acaso primigenia que no es fácil identificar. Presento ahora diez a fin de que sean escuchados y/o leídos íntegros, cuatro registrados en grabación de campo, uno que capté de la radio y cinco que copié de mi acervo discográfico; de éstos uno es cantado en náhuatl. La idea es que al dedicar atención a escuchar y leer las piezas, se provoquen otras  opiniones con ideas mejor fundadas que las que en este ensayo expongo como consideraciones muy preliminares, acerca de esta parcela poco explorada de nuestras tradiciones folklóricas musicales, según parece.

A fin de propiciar un mejor encuadre tanto de los ejemplos fonográficos que recomiendo escuchar, como de mi lectura y mis reflexiones sobre el tema en general, me ayudaré con dos tablas analíticas en que resumo el concepto y el enfoque bajo los cuales pretendo catalogar en su especificidad el corpus hasta hoy reunido o el que pudiera crecer si la búsqueda llegara a efectuarse de modo sistemático, por mí o por otro interesado en el tema. La trascripción de las letras de las interpretaciones en español, permitirían dar seguimiento a las grabaciones si éstas se editaran en audio, ya que algunas de las que  capturé tienen poca calidad pues son simples traslados de mis soportes analógicos al formato digital en MP3.

Ensayo de caracterización.

La característica más común en las variantes conocidas de este género poético-musical, es que se interpretan en honor de alguien o algo para festejar una efeméride cumplida en el calendario anual: fecha del santo onomástico y/o del cumpleaños, al primer albor del día, cuando está amaneciendo, y por ello en algunas partes del mundo las nombran “alboradas” o “albadas”. En la tradición europea también se conocen como “anbades”, por ser un género de música matinal que se interpreta al aire libre para festejar a alguien; y lo distinguen del nocturnal  que llaman “serenatas” denominación que alude a que tienen lugar también en horas en que cae el “sereno” o frescor del amanecer, pero que no necesariamente son por motivo de una celebración o efeméride.

La maestra Mariana Masera en su artículo “Albas y alboradas en el cancionero tradicional mexicano: herencia y cambio” escribe sobre el tema, y dedica gran parte de su texto a las que llama “albas eróticas” (1); ahí remite ante todo a lo que conocemos en México como “serenatas” (cantos de amor apasionado), y no tanto a las “Mañanitas” cuyo motivo es festejar a alguien o algo en ocasión de que se cumple una efeméride o aniversario. De más cercana filiación con nuestro concepto, es lo que encontramos en el Cancionero Folklórico de México, tomo I, donde vienen catalogadas “mañanitas” dentro del amplísimo y riquísimo repertorio de las denominadas “Coplas del Amor Feliz”; aunque  en sus páginas se documentan y ofrecen ejemplos (más de 50) bajo el punto de vista deque se toma como unidad de análisis precisamente a la copla o estrofa. (2).

De mi parte -como se ve en los ejemplos que incorporo al  muestrario-, prefiero proponer como unidad de análisis la pieza completa. La hipótesis de trabajo es que suelen ser cantares de animación festiva que conmemoran una efemeride y desarrollan una estructura formal en que suelen articularse cuatro partes estructurales: 1 Introducción o saludo; 2 Ofrenda de obsequios y deseos; 3 Clímax o apogeo de la fiesta; 4 Cierre y/o despedida. La versificación es en métrica que usa desde el pentasílabo hasta el dodecasílabo, con rima consonantada o asonantada, articulando estrofas en cantidad mínima de tres o más, en forma preferentemente de cuartetos pero también quintetos o sextetos, a veces con estribillo integrado a una o unas de ellas, o que se canta reiteradamente como estrofa enfática que puede variar o no la línea melódica.

En los siglos XVII y XVIII las alboradas se tocaban en honor a personajes de la realeza. El término fue utilizado por varios compositores de música sinfónica para referirse a una especie de oberturas o introducción de una pieza de estructura mayor. Así, por ejemplo, el inicio de La  Pastoral, de Beethoven, y el Idilio de Sigfrido, de Wagner se consideraban ya en el siglo XIX como reminiscencias de aquel género. Tal vez por este precedente en que la parte inicial o introductoria de las piezas hace las veces de un saludo, en algunas tradiciones populares -como la mexicana en ciertas regiones- a veces se les llama “salutaciones” pero siempre con destinatario identificado. Dejó apuntado aquí que en mi colección figuran 5  partituras de piezas originales o “arreglos”, que ejemplifican casos de músicos académicos mexicanos con preparación académica y de inspiración sinfónica que  han aportado obras a la tradición. No se analizan, sólo las agrego como apéndice documental de un rescate que supongo tiene más que dar.

En Francia y España, en el marco de la poesía clasificada como de los trovadores provenzales, se les llamó “albas”, y es casi seguro que es de allá donde arranca nuestra tradición de llamarles “mañanitas”. Vicente T. Mendoza en los varios ejemplos que documentó, casi todos con arraigo en El Bajío del siglo XIX, les llama indistintamente “mañanitas” o “albadas”. (3)  En Segovia, España, pervive una tradición que las reconoce  o como “albas” o como “dianas” y se ejecutan al inicio temprano del día en que se ha de celebrar la fiesta. (4)

Entre los gremios de la Edad Media que organizaban la división técnica y social del trabajo, se implantó la costumbre de que, configurado cada gremio como cofradía en torno a determinado Santo Patrono, salían sus mayordomos muy de mañana  a dar saludos con música y cantos de alborozo en determinada fecha que la liturgia católica asignaba. Todavía en nuestro México actual, esto se acostumbra, especialmente a lo largo las llamadas novenas de la Fiesta de Corpus; o por miembros de ciertas corporaciones que para efectuar el festejo han adoptado determinado día del año, en alguna capilla o santuario de una imagen consagrada para su culto particular. A los mayordomos o dirigentes de estos corporativos, hay regiones donde se les llama “cargueros” o “diputados” Esto, como bien se comprende, forma una gran vertiente del género, en que canto, música y festejo se dedican a entes sagrados; por ejemplo, la Virgen de Guadalupe con sus innumerables cofradías o hermandades de la devoción remite a un  repertorio de muchos ejemplos que en grupo dan tema para un estudio especial.  La otra gran vertiente es la que tiene por destinatarios a seres o entes profanos. (Ver tabla analítica según dedicatorias).

Tras de orígenes remotos.

Pero hay líneas hacia tiempos más antiguos de la misma tradición cultural del Occidente judeo-cristiano, que cabe aquí dejar por lo menos indicadas. Se habla de la poética llamada “Anacreóntica” que remite a un tipo de poemas de tipo festivo, alegre, que cultivaba el griego Anacreonte (siglo VI a d C.). “Poesía que canta los placeres del amor, del vino, etc., con donaire y buen gusto”, con dedicatoria a seres humanos.

A David, el rey judío, usual es que en su iconografía lo representan portando un instrumento musical (lira o arpa o salterio), propio para acompañar sus cantos. También aparece desplegando un papiro escrito con algún versículo del libro de Los Salmos que se dice escribió en su reinado en Jerusalén. Se ha supuesto que algunos de los salmos no están expresamente elevados a Dios ni a su templo, sino dedicados a una su amada real o imaginaria a quien deseaba ver siempre colmada de dicha y prodigándole placer. De allí, quizá, los versos tan comúnmente adaptados en nuestra tradición:

Estas son las Mañanitas

que cantaba el Rey David,

hoy, por ser día de tu santo,

te las cantamos aquí.

En Dioses, cultos y dogmas, libro de A. Hegedüs, leemos que en el desarrollo de la vida religiosa de Israel fue importante el hecho de que el rey David eligió por capital de su reino la ciudad de Jerusalén y mandó trasladar el Arca de la Alianza al nuevo tabernáculo del monte Sión. En la solemne procesión acompañaron al Arca siete coros de músicos y David iba delante de los sacerdotes tañendo el arpa, cantando y danzando lleno de entusiasmo, más el pueblo unido a la fiesta ofrendando todos al Señor. Colocada el Arca en el tabernáculo, David ordenó el culto. Dividió en 24 clases a los sacerdotes para que sirvieran por turnos; y con otra división de la clase de levitas o sacerdotes formó grupos y de entre ellos eligió 4000 cantores para que alternaran cantando y tocando la gloria de Jehová.(5)

Tentativa de conclusión.

Así, pues, cabe resumir que con la intención de fijar en la memoria una fecha de calendario significativa para una comunidad mínima (pareja, familia), o mediana (pueblo, barrio, gremio, cofradía, grupo identitario), o grande (clase social, nación, ciudadanía, corporación socio-política), surge el deseo de suscitar la alegría y compartir -cada que esa fecha es llegada- la felicidad: ese bien tan preciado pero tan escaso, difícil de lograr, de naturaleza frágil y duración efímera. Y por ello  se entiende por qué ha sido creada la costumbre cantar y tocar música de este tipo como una manera sublime, en términos artísticos, de establecer una tregua efímera –de ser posible por 24 horas- entre el duro y áspero transcurrir de la vida cotidiana versus la necesidad ideal de ver prolongada la dicha y el contento, sintiendo que el parabién de la ocasión se agranda y se comparte de modo ampliado y mejor.

Aspecto notable en tal circunstancia, es que todos los presentes, llegada la ocasión, podemos participar, aunque no sepamos ejecutar música ni cantar bien; es cuando no deja de aparecer algún virtuoso en estas artes que llevará la pauta. Surge, o está ahí, el trovador, personaje sin el cual sería casi imposible imaginar unas Mañanitas. En ciertos casos, en tanto compositor de la trova, se manifiesta como un auténtico demiurgo de las palabras felices: metáforas y alegorías que celebran de mil modos la ocasión felizmente llegada. (Ver tabla analítica de elementos formalizados)

Aterrizando estas consideraciones en una circunstancia especifica de nuestras costumbres folklóricas, se puede tomar como definición aceptable -no obstante su brevedad- de Las Mañanitas –ya como género difereciado- esto que anotó José Raúl Helmer para presentar el ejemplo en lengua náhuatl que recogió para su disco Panorama Mexicano. 200 años en canciones mexicanas: “Adaptación indígena de una bien conocida canción de cumpleaños. Se le canta en las primeras horas de la mañana frente a la casa de la persona festejada; después, los cantantes son invitados a entrar y, a veces, de ahí se sigue una fiesta que dura todo el día.” (6)

En esta cita, lo de “adaptación indígena” nos da a entender que, igual que  muchas otras formas y géneros músico-literarios de nuestra cultura mestiza tan rica y multivariada, Las Mañanitas se inscriben en la cuestión de que, en tanto expresiones de lo que se llama “autoctonismo mexicano”, las más de la veces no ocultan una influencia extranjera, dado el pasado colonial de México por tres siglos, primero, y, neo-colonial en lo que vino luego y hasta el presente bajo el signo de la actual globalización de costumbres y hábitos. No entro en esta cuestión, pero sí diré que es probable que el pueblo mexicano, desde que le dio por componer e interpretar Mañanitas, lo viene haciendo con un estilo singular y  peculiar que sorprende, que maravilla, para dejar manifiesto un lirismo músico-literario de verdad sublime por su fina sensibilidad poética.

Podríamos decir que Las Mañanitas son, de modo bastante diferenciado respecto a géneros como “las serenatas”que se les asemejan, cantares lírico-folklóricos que en nuestro país la tradición de gran arraigo popular tiene consagrados desde antigua data, muy ampliamente extendidos social y territorialmente, y que ostentan el sello o emblema con que más plenamente se identifica la sensibilidad mexicana del tierno y feliz amor (que incluiría el místico, o el cívico-social y hasta en circunstancias dadas  el erótico); y, por ello, es legítimo que les adjetivemos como Mexicanas: canciones populares de paternidad mexicana Uno de los ejemplos que he coleccionado contiene una copla que esto afirma:

Mañanitas mexicanas que nos causan frenesí,

Mañanitas de mi tierra, no hay otras que sean así.

Esto opinan con natural exaltación nacionalista los trovadores de uno de los ejemplos; ustedes, a quienes ofrezco  esta muestra de mi colección, ¿qué dirían?

MAÑANITAS MEXICANAS.

Apuntes para estudiar su especificidad como género de nuestra tradición folklórica.

Motivo y tema. Cumplido el aniversario de determinada fecha memorable por feliz, es motivo de un festejo de poesía y música para el ser o ente agraciado, prodigándole muestras de felicidad y parabienes que celebra con los presentes.

Medios y forma. Retórica encantadora, persuasiva de que la felicidad existe y está al menos por ese día al alcance del festejado(a) y compañía. Poética de las palabras felices y dulcificadas con ritmo y melodía. Canto lírico melodioso estructurado en versos de metro variable (entre pentasílabos y dodecasílabos), que articulan estrofas (de tres y hasta diez o más) formando una unidad textual en que suelen encontrarse cuatro partes: 1 Introducción o saludo; 2 Ofrenda de parabienes y  felicitaciones; 3 Apogeo de la fiesta; 4 Cierre o despedida.

Referentes literarios-musicales. Tal o cual cosa de las más diversas  existentes o imaginables del Universo, con tal de que sea de excelsa hermosura, delicadeza y bondad: desde las más abstractas del empíreo cielo como Dios y criaturas divinas, pasando por las que anidan enternecidas por el amor en el corazón y el pensamiento, hasta las de la Naturaleza viva y circundante como los astros y luceros,  las nubes y la lluvia, las aves con sus cantos y vistosos plumaje, las plantas y flores con sus colores y aromas, etcétera; junto a manjares del comer y del beber y obsequios atesorables.

Intencionalidad creativa del trovador. Crear una ofrenda literaria-musical que prodigue las más bellas metáforas y alegorías sobre la dicha y el contento conjugables como sentimiento de amor feliz, en cierto día memorable del año, con especial dedicatoria para el ser agraciado o muy querido, pero que llegan a compartir en forma de fiesta los reunidos en tal efeméride; aspira a que la cotidianidad dura y áspera que se vive, se experimente como posibilidad maravillosa de que se recobra el edén añorable, así sea como atmósfera de fiesta ilusoria y fugaz.

Mañanitas: Canto lírico matinal de tradición mexicana; su uso es de  celebración con felicitaciones y parabienes en fecha determinada, con dedicatoria:

A una persona:

  • Familiar
  • Amante
  • Amigo(a)
  • Individuo apreciado o notable

A un ente sagrado:

  • Niño(s) Dios(es)
  • Vírgen(es)
  • Jesús Cristo(s)
  • Santos
  • Santas

A una entidad geo-cultural:

  • Ciudad
  • Pueblo
  • Barrio
  • Región
  • Sitio destacado

A un instituto público o privado:

  • Constitución Política
  • Corporativo integrado
  • Suceso u obra inaugural memorable

Observaciones: Su aliento en los cuatro grupos es lírico, particularmente en el primero; en los tres restantes tiende a ser lírico-narrativo-descriptivo con acentos de exaltación mística en el segundo, y como de epopeya en los dos últimos. Cuidado especial debe ponerse cuando se dedican a personas destacadas o admirables, pues, según sabemos, a cantares de aliento épico-narrativo que son del género del Corrido mexicano en algunas regiones les llaman también “mañanitas.”

__________

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

(1) Cfr. Mariana Masera, “Albas y alboradas en el cancionero tradicional mexicano: herencia y cambio”, en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, España, 1999.

(2) Cancionero Folklórico de México. Coplas del Amor Feliz (Tomo I) obra colectiva dirigida por Margit Frenk, El Colegio de México, 1975.

(3) Vicente T. Mendoza, La Canción Mexicana. Ensayo de clasificación y antología, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, México, 1961. Ver también Vicente T. Mendoza y Virginia R. R. de Mendoza, Folklore de San Pedro Piedra Gorda, Zacatecas, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1952.

(4) Tenemos por ejemplo “Diana Ribereña”, en CD Cantes del pueblo. Música tradicional de España, EUCD1724LC05111ADD, Sonicfolk, Madrid, 2002.

(5) A. Hegedüs, Dioses, cultos y dogmas, Ed. Kier, Argentina, 1965)

(6) Panorama Mexicano. 200 años de canciones mexicanas. Disco LP Gamma, Vanguard CV-010, México). Para los otros ejemplos fonográficos o impresos de este muestrario, a pie de página llevan referencias a su respectiva fuente.

Nota de complemento.

Esta nota, llegado el caso, pudiera tal vez servir para orientar un enfoque complementario y especial acerca del pleno arraigo que en México caracteriza a este género literario musical. No es extraño encontrar que se han hecho no nada más una buena cantidad de variantes, sino también piezas en paráfrasis tanto de sus estructuras formales melódicas como de sus versos. Se tendría una cosecha que incluiría ejemplos en que la intención ha sido simplemente imitativa, es decir, paráfrasis en el significado estricto del término, hasta los que por su motivo e intención son parodias del fondo y sentido.

De los casos que puedo dar noticia, refiero los siguientes:

Las mañanitas en náhuatl

MAÑANITAS DE LA MIXTECA POBLANA

A darte las mañanitas  / vengo con gusto y amor,

rompe mi lira exquisitas / notas en su vibración.

(Se repiten todos los versos)

Yo te felicito, hermosa, / en prueba de admiración,

por que eres sublime diosa, / escucha mi narración.

(Se repiten)

Oye los tristes cantares / que te brinda un trovador,

ven a calmar mis pesares / que por ti sufriendo estoy.

(Se repiten)

Al amanecer el alba, / ya que la aurora rompió,

yo te ofrezco esta guirnalda, / bello arcángel seductor.

(Se repiten)

Si tú fueras Magdalena, / la mujer que Dios formó,

te amaría con fe serena / como el Cisne la adoró.

(Se repiten)

Pero ¡ay!, será imposible / que se llegue esa ocasión,

que como un sueño apacible / des consuelo a un trovador.

Ya me despido, mi encanto, / como el Cisne soñador,

que su lira hizo pedazos / cuando a María la perdió.

Paulino Fonseca con su bajoquinto, de Tehuitzingo, Puebla,

cinta grabada en la ciudad de México por JDRO, 1976.

A darte las mañanitas1.

MAÑANITAS SALMANTINAS

Original de Teófilo Araujo. Hacia mediados del S. XIX.

Ya la luz matutina / despunta en el oriente

y el astro prepotente / pronto aparecerá.

Despierta, pues, despierta, / al son de mis cantares

deseándote millares / días de felicidad.

¡Qué viva el del santo! / -digamos sin cesar-,

¡que goce entusiasmado / de dicha sin igual!

Estribillo:

De púrpura y rosa

se tiñe el oriente,

y allá entre las frondas

el aura se mece,

y el ave parece

su canto ensayar.

¿Por qué tan risueña / está la mañana,

por qué tan ufana / se muestra la flor?

Es que hoy se celebra / el día venturoso,

el día más hermoso, /  el de tu natal.

(Se repite el estribillo)

Por piedad pedimos, / escuches contento

mi débil acento / y ven a escuchar.

En este mi canto / te envío placentero

un voto sincero / de felicidad.

(Se repite el estribillo y fin)

Ma. Guadalupe, Ma. Angelina y Ma. Teresa Aguinaco;

en la guitarra Raúl “Chino” Navarro. Tertulia en Salamanca, Gto.

Grabación directa por JDRO

Mañanitas Salmantinas Hnas. Aguinaco mp3

VIENE LA AURORA ALBOREAL

En nombre de Dios comienzo, / diciendo Jesús me valga,

la Virgen de Guadalupe / y el santo Ángel de la Guarda. (bis)

Estribillo:

Viene la aurora alboreal,

viene pasando la mar;

estas son la mañanitas

que yo les vengo a cantar.

estas son las mañanitas

que yo les vengo a cantar.

De muy lejos tierras vengo, / aquí caigo, aquí levanto,

a darte las mañanitas / el mero día de tu santo. (bis)

(Se repite el estribillo)

El sereno de la esquina, / si me pudiera decir,

por qué no cuidó mi prenda, / por qué lo dejó morir. (bis)

(Se repite el estribillo)

En la medianía del cielo / un letrero se formó,

diciendo con letras de oro: / “Ángel mío, ya amaneció.” (bis)

(Se repite el estribillo)

Lo que se hizo, ya no se hace, / ni se vuelve a deshacer,

ni el agua que se derrama / no se vuelve a recoger. (bis)

(Se repite el estribillo)

Si de las flores, si de las flores nací,

Les traigo estas mañanitas / pa que se acuerden de mí. (bis)

María de la Luz “Lucita” Ocampo (“La alondra del valle”), León, Gto.

Grabación directa por JDRO.

Viene la aurora alboreal Lucita Ocampo

Cuando de modo reiterado la informante me aseguró que desde que aprendió estas Mañanitas, de oír que las cantaban sus padres y les daban el título de “Viene la aurora alboreal” (sic), porque ellos así las habían conocido de más antigua tradición oral, me dio por suponer que tan curioso título aludía y testimoniaba en cierta forma a alguno de los dos fenómenos astronómicos que en realidad sucedieron y fueron vistos por la gente del Bajío guanajuatense en sendas fechas del siglo XIX; y a los cuales, en otras fuentes también testimoniales, encontré las siguientes referencias:

José Rojas Garcidueñas, recogió un testimonio oral de una viejecita, a quien nombra Faustinita, que en Salamanca solía visitar la casa de sus padres, y que según ajustes de fechas en que la señora platicaba del suceso y la edad que tendría cuando lo presenció siendo niña, se trata de otra aurora boreal que se vio en el Bajío en 1859. Dice el testimonio: “Uh, Lolita… tu verás… era yo muy muchacha y una noche, que estaba yo muy dormida, de repente mi padre  nos despertó y nos levantó… y ¡vieras nomás!, el cielo estaba todo colorado… pero no era colorado por parejo sino como llamaradas que se movían… parecía como botellones de fuego que subían y bajaban”. (“Una aurora boreal”, en El erudito y el jardín. Anécdotas, cuentos y relatos, Ed. La Rana, Guanajuato, 2013, pp, 111-115)

Por su parte, Raquel Tibol en el cuaderno de apuntes manuscritos del pintor Hermenegildo Bustos, del pueblo de Purísima, Guanjajuato, que tuvo en sus manos transcribió esto: “Fenómeno. Septiembre 16 de 1883 como a las tres y media de la mañana se dejó ver en el oriente una aurora roja y desapareció antes de salir el sol, y luego salió así, durando todo el día y metido [el sol] duraba [en] el horizonte hasta después de las ocho de la noche y así se vio y siguió saliendo hasta el 10 de abril del año del señor de 1886. Es decir el lado del poniente duraba iluminado con eso que rodeaba el sol. Yo estuve con ese cuidado de observar”. (En Hermenegildo Bustos. Pintor del pueblo, por Raquel Tibol, Ed. Del Gobierno del Estado de Guanajuato (2ª. ed. 1983, p. 21).

CUMPLEAÑOS (“EN TU DÍA”)

Original e Amparo H. Juárez*-J. Medina Fabiola

En la puerta de tu casa / te venimos a cantar

en este día venturoso / que Dios te dejó llegar.

Si estás dormida, despierta, / deja ese sueño profundo,

porque este día es la fecha / que llegaste a este mundo.

Las campanas del Santuario / llaman con sonora voz,

te piden que te levantes / y le des gracias a Dios.

Ya están cantando los gallos / anunciando el nuevo día,

asómate a tu ventana / y verás cuánta alegría.

Ya cantan los pajarillos / por los montes y jardines,

ya están despidiendo aromas / los claveles y jazmines.

También te envían sus aromas / todas las flores del campo,

para perfumar tu casa / en este día de tu santo.

Que pases tu día contenta, / llena de felicidades

con todos los de tu casa / y todas tus amistades.

Eduwiges “Viki” San Juan (voz y acordeón),

con acompañantes en las cuerdas,Comonfort, Gto.

Grabación directa por JDRO. *Amparo H. Juárez con

su hermana Imelda forman el sensacional dueto Las Jilguerillas;

en su discografía esta pieza es uno de sus éxitos.

Cumpleaños.En tu día. Viki San Juan C

MAÑANITAS DE AMOR

Original de Tomás Ortiz

Ya está amaneciendo  y es día de tu santo,

las aves del campo  se escuchan cantar,

las guías de la gloria, vestidas de blanco,

rodean tu ventana cual si fuera un altar.

Se tiñe de rojo  el collar del oriente,

en unos momentos veremos el Sol;

deseamos que seas muy feliz para siempre,

que todo en tu vida  sea dicha y amor.

Recibe en tu día  Mañanitas de amor

y blancas guirnaldas  y nardos en flor;

levántate y ve  la salida del sol,

y mira las nubes  vestir de arrebol.

Empiezan a verse brillar en las flores,

las gotas que forman  el rocío que cayó,

semejan cristales  de muchos colores;

la aurora es del sueño  el divino candor.

Los coros del cielo  quisiera traer

para festejar  este día tan feliz,

poner una nube  de alfombra a tus pies

y hacer de la luna  un collar para ti.

Interpretan Hermanos Banda de Salamanca,

CD Homenaje a las Madres, 547 507-2,

Universal Music, 1999.

Mañanitas de amor Hnos. Banda

MAÑANITAS A LA ABUELITA JULITA

Original de José Celedonio Bustos

Lindas campanitas de oro / que entonan tan bellos cantos,

tóquenle las Mañanitas / a quien se ha querido tanto,

a nuestra santa abuelita, / por ser hoy día de su santo.

Julita, muy buenos días, / son las seis de la mañana,

ya los ángeles del cielo / se asoman a tu ventana,

de los más finos deseos / quieren rodearte la cama.

Despierta, linda abuelita, / míranos de ti rodeados,

queremos darte el abrazo / por todo un año guardado;

mira que también las flores / cantando lo han festejado.

Todos juntos te deseamos / una y mil felicidades,

ve estas flores y regalos / de todas tus amistades;

aquí están los corazones, / te queremos, tú lo sabes.

Te saluda Celedonio, / linda abuelita Julita,

yo quisiera ser poeta / y hacer frase más bonitas;

pero aunque humildes mis versos, / son sinceros, abuelita.

Canten, ángeles del cielo, / canten, aves mensajeras,

desparramen sus perfumes, / flores de la jardinera;

hoy es un bendito día / y hacerlo eterno quisiera.

Interpretan Los Dinámicos [de Pueblo Nuevo, Gto.], disco

sencillo de 45 rpm, EMUS 45-0014, s/f, s/l. Col. JDRO.

Mañanitas a la abuelita Julita Untitled 1

MAÑANITAS MEXICANAS

(Variante de la huasteca queretana)

Estas son las mañanitas

que cantaba el rey David,

a las muchachas bonitas

se las cantamos aquí.

Estribillo:

Despierta, mi bien, despierta,

mira que ya amaneció,

ya los pajarillos cantan,

la luna ya se metió.

Abre ya tus lindos ojos,

y sal pronto al corredor

para que escuches mis cantos,

son como trinos de amor.

(Se repite el estribillo)

Si el sereno de la esquina

me quisiera hacer favor

de apagar su linternita

para que pase mi amor.

Qué bonitas mañanitas

con su cielo de zafir,

con su sol resplandeciente

que nos invita a vivir.

(Se repite el estribillo)

Mañanitas mexicanas

que nos causan frenesí,

mañanitas de mi tierra,

no hay otras que sean así.

Interpreta Armando Rosas y Huapangueros de Salvador Aquino,

copia de transmisión por Radio Ciudadana del IMER.

Mañanitas Mexicanas

Mañanitas Tapatías

Variante del Grupo Huichol Guadalupano*

Celebremos con gusto, señores,

este día de placer tan dichoso,

que en su santo se encuentre dichoso

y tranquilo su fiel corazón.

Vive, vive feliz en el mundo

sin que nadie perturbe tu mente,

te pondremos un laurel en la frente

con las perlas y conchas del mar.

Dios bendiga este día venturoso

y bendiga la prenda que adoro.

Hoy los ángeles cantan en coro

por los años que vas a cumplir.

Solamente un recuerdo ha quedado

de la infancia que al fin ya pasó,

celebremos este día tan dichoso

tus amigos, parientes y yo.

Las estrellas se visten de gala

y la luna se llena de encanto;

al saber que hoy es día de tu santo

Dios bendiga este día de placer.

Celebremos con gusto, señores,

este día de placer tan dichoso,

que en su santo se encuentre dichoso

y tranquilo su fiel corazón.

* Violín, guitarra de golpe y contrabajo.

De su CD “casero”, valor 25 pesos, ofrecido en

las calles de la ciudad de México, mayo de 2012.

Las mañanitas Gpo Guadalupano

Palabras de un prefacio justo y necesario, como es costumbre orar, así seamos laicos, por la gloria y paz de nuestros fieles y amados difuntos

De entrada, quiero dedicar estas primeras líneas de mi texto a felicitar a Ediciones La Rana por su proyecto de crear la colección Biblioteca Guanajuato, dedicada a publicar obras de escritores que han dejado huella en la vida intelectual guanajuatense, a modo de homenajes de sobra merecidos, y cuyo primer volumen es este libro: El erudito y el jardín. Anécdotas, cuentos y relatos de José Rojas Garcidueñas, que por vez primera (como homenaje póstumo) publicó en 1982 la Academia Mexicana de la Lengua, con Introducción y selección de José Luis Martínez, entonces presidente de esta institución, y de la cual, durante un buen periodo, había sido secretario el mismo Rojas Garcidueñas.

Agradezco que se me invite a colaborar en echar a caminar tan acertada y necesaria iniciativa editorial y literaria a cargo de Ediciones La Rana, y pienso que el espacio que en esta feliz ocasión se me ofrece, en particular merece que lo dedique a plasmar, en tono obviamente individual, algunos recuerdos que en mi memoria guardo sobre por qué, cuándo y cómo conocí en vida a ese par de personajes con enorme prestigio en la historia de las letras mexicanas, a quienes, como lectores, debemos el crédito de haber puesto en circulación pública dicho libro hace más de treinta años, amén de otras incontables y meritorias contribuciones a nuestra cultura. Me referiré, pues, a José Rojas Garcidueñas y José Luis Martínez.

En mi trayecto en tareas de profesor universitario y de investigador sobre temas de la cultura popular mexicana, en especial los que considero tienen marcas de origen regional en nuestro gran Bajío, aprecio como un grande y lucidor timbre de orgullo que tanto el guanajuatense José Rojas Garcidueñas como el jalisciense José Luis Martínez hayan venido a resultar una suerte de guías tutelares (mis padrinos de iniciación, podría decir) desde que, en sendas ocasiones para mí afortunadas, me dieron el gusto de conocerlos, más el honor de que uno y otro, en distinta circunstancia, fijasen su juiciosa y sabia atención sobre textos con que hacía yo mis primeros intentos por cultivar estos oficios del intelecto y de la inquietud espiritual que desde entonces -allá por las ya lejanas décadas de 1970 y 1980- constituyen mi práctica vocacional diaria, la cual bien a bien no sé si ha alcanzado algún mérito, aunque sí afirmo que me ha prodigado experiencias gratamente humanas y satisfactorias como las que aquí tengo oportunidad de referir.

Ya en otros escritos y foros he narrado que al erudito José Rojas Garcidueñas lo conocí por vez primera con motivo de que, cumpliendo un encargo de la Presidencia Municipal de Salamanca, Gto. (1970-1972) había yo escrito una elemental pero básica monografía socio-económica de ese municipio, mismo del que soy nativo, igual que Rojas Garcidueñas. Para que mi texto -ciertamente medio árido y aburrido por las materias tratadas- pudiera significarles algún atractivo extra a los potenciales interesados en su contenido si llevaba unas palabras firmadas por el ya entonces prestigiado intelectual y escritor salmantino José Rojas Garcidueñas, con tal fin busqué contactarlo en la ciudad de México y pedirle tan singular favor.

No únicamente me recibió afable y comprensivo en su oficina de la Secretaría de Relaciones Exteriores, donde fungía como perito en Derecho Internacional sobre cuestiones de aguas y límites en zonas fronterizas de México, sino que con gran generosidad prometió que, una vez que leyera mi borrador, en un par de semanas, más o menos, tendría redactadas algunas páginas con datos históricos sobre Salamanca, los cuales, visto que mi esquema monográfico casi nada incluía de esto, podrían agregarle interés y curiosidad llamativa, como en efecto sucedió a partir de que salió publicado y circuló con alguna amplitud con el título de Salamanca. Dimensión económica municipal, y un Preliminar histórico firmado por José Rojas Garcidueñas.

Pero no sólo por este afable gesto de sabio accesible y comprensivo que se allanó a alentar mi vocación incipiente hacia el trabajo de investigación académica y la literatura documental es que guardo desde entonces gran cariño, profundo respeto y renovada admiración por la sensible personalidad y la obra plena de erudición humanística de tan ilustre paisano. Pues sucedió que, luego de aquel tan feliz primer contacto intelectual, me brindó su fina y educada amistad. Me invitaban él y su esposa Margarita Mendoza López (también fina, educada y talentosa persona dedicada al arte y la cultura) a sus amenas e interesantes tertulias de cada mitad de semana en su céntrico domicilio del número 8 de la calle Bolívar, de la ciudad de México.

Concurría ahí un selecto y casi siempre variado grupo de sus otros amigos, maestros universitarios como él y compañeros del teatro en que era especialista ella, alumnos y pupilos tanto de ella como de él, músicos, actores, poetas y periodistas, cada quien con su bien labrada trayectoria de intelectuales o artistas brillantes, o de estudiantes aplicados. Con mil y un elementos salí enriquecido por lo que logré entender y asimilar de aquel mundo  de personalidades cultísimas que solían reunirse en amigables tertulias en torno de José Rojas Garcidueñas y su esposa; y, por supuesto, cada que creo oportuno recordarlo y exponerlo como sincero homenaje, sin regateos y sin alardes impropios así lo manifiesto.

Luego tuve todavía más y mejores motivos por los que de la amistad y gentil trato que me brindó Pepe Rojas Garcidueñas he vivido orgullosamente agradecido. De modo que si hoy estas páginas son otra buena oportunidad de mostrar mi agradecimiento por lo que de su sabiduría profunda, variada y bien meditada logré aprovechar para mis modestos alcances, no puedo menos que decir que la vida me pone en excelente momento para poder invitar al mayor número posible de lectores, de las más variadas inclinaciones culturales, a que abran, consulten y disfruten uno de los más curiosos y atractivos libros que José Rojas Garcidueñas escribió, texto con que Ediciones La Rana, en nuestro Guanajuato, inaugura una prometedora y bien diseñada colección de obras de autores nativos de esta tierra. ¡Felicidades, Pepe, donde quiera que te halles, porque apadrinas con tu prestigiado nombre el nacimiento de esta importante iniciativa de Ediciones La Rana! ¡Y gracias a la vida, porque yo -que fui uno de tus muchos ahijados intelectuales y espirituales- aquí participo en este bienvenido padrinazgo -con bautizo, bolo y lo demás- que enaltecerá tu memoria y ampliará el campo de trabajo de la editorial del gobierno estatal!

Con el maestro José Luis Martínez pude relacionarme de una manera en verdad maravillosa, aunque sólo un par de veces pude saludarlo personalmente y con brevedad nos dimos a la charla. Hacia 1983 había yo enviado a concursar un conjunto de ensayos, en un certamen abierto sobre literatura testimonial que convocó la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, cuyo jurado calificador, según decía la convocatoria, estaría formado por “escritores que hubiesen recibido a su vez el Premio Nacional de Letras”. Cuando se dio a conocer el resultado y me comunicaron que mi trabajo fue el ganador, se comprende que me puse a brincar de gusto y a beber varios mezcales en ronda improvisada con el primer amigo conocido que ese día me topé en la ciudad de México. Todavía saboreo los brindis.

La mayor sorpresa, revelada hasta que se publicó el resultado, fue que los jurados eran nada menos que Juan Rulfo, Mauricio Magdaleno y José Luis Martínez.

Por desajustes de política interna en la universidad potosina, no se cumplió la oferta de que el trabajo ganador sería publicado con su sello editorial, y entonces decidí enviarlo a Premiá Editora. ¡Otro inmenso lujo me salió al paso!, cuando Fernando Tola, su dueño, me comunicó que por dictamen positivo de Carlos Montemayor publicarían mi libro Testimonios del viento y Cancionero folklórico salmantino, que en 1987 salió un poco de tardanza y aumentado con otros ensayos.

Coincidió aquella época con que fallecido ya Pepe Rojas Garcidueñas, yo andaba como niño pobre con zapatos rechinantes de estreno, y a una de mis amistades a quien pude presumirle mis blasones literarios fue doña Margarita Mendoza López, algún día que desayunamos cerca del hotel Regis, a donde como viuda se había mudado a vivir (y donde ¡ay!, es obligado el doloroso paréntesis, murió por los sismos de 1985). Fue así que charlamos a propósito de unos libros y documentos que su difunto esposo había apartado para mí antes de morir; y también me comentó que José Luis Martínez, presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, tenía ya en prensa, con notas suyas de introducción, el libro El erudito y el jardín, antología de anécdotas, cuentos y relatos de José Rojas Garcidueñas; del cual, en cuanto saliera impreso, a familiares, amigos, alumnos, etcétera, del añorado fallecido, nos destinaría ejemplares como obsequios.

Fue entonces que se me prendió el foco, y decidí que, sin esperar a que de la Academia me avisaran que para mí tenían un ejemplar de obsequio, a la mano tuve buen pretexto para ir a conocer personalmente a don José Luis Martínez, en su oficina de la calle de Donceles donde funcionaba la Academia Mexicana de la Lengua, y, ahí, como al desgaire, además de informarme de lo que preparaba para homenajear a Pepe Rojas Garcidueñas, preguntarle si algo recordaba de los ensayos míos que le dieron a calificar cuando fue jurado en la Universidad potosina. Me recibió casi sin hacer antesala y no sólo con su pronta y clara memoria se acordó de mi nombre y mi trabajo premiado, sino que ahí mismo me indicó cómo obtener una copia del acta con que él, Mauricio Magdaleno y Juan Rulfo decidieron y firmaron su dictamen calificador; aconsejándome, como si fuésemos camaradas ya de muchos días, que también podría yo buscar una entrevista con Juan Rulfo y pedirle una copia del ensayo donde yo abordé uno de sus cuentos, pues seguro estaba el maestro José Luis, que, cuando se juntaron a deliberar, Rulfo anotó observaciones de algún modo importantes al margen de mis cuartillas.

En fin, queda por relatar que también esa vez don José Luis Martínez me anticipó que a los textos seleccionados con que iba a salir publicado El erudito y el jardín había anexado el muy ad hoc artículo El estilo Luis XVII de Francisco de la Maza, colega de Rojas Garcidueñas en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, y a la par su competidor incisivo y polemista sardónico en lances de estudiar, conceptuar y proponer, desde los pasados años cuarentas del siglo xx, rasgos, nombres y calificativos de una de las formas artísticas y culturales: la del barroquismo omnipresente, con la cual se ha perfilado secularmente el estilo o modo expresivo del arte mexicano y, por extensión, del latinoamericano. Me quedé lelo, por ignorar casi todo de lo que escuché en tan inmerecida confidencia del sabio don José Luis, y creo que apenas rebuzné un “qué bueno”.

Fue hasta que tuve a la vista la primera edición del libro de marras, y leí con ánimos de entender de qué asunto me había hablado nada menos que el presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, José Luis Martínez, a fin de que entendiéramos, los burros como yo, por qué y para qué se justifica la necesidad de agregar como apéndice -lleno de sugerencias meditativas- el artículo de Francisco de la Maza sobre El estilo Luis XVII, donde replica entre bromas y veras lo que había escrito José Rojas Garcidueñas, igual, en broma y en serio, en su artículo El hallazgo del crítico.

Y no por otra cosa sino porque a José Luis Martínez debía abonarle esta luz de alerta para mí iluminadora sobre la cuestión de gran fondo que entrañan esos no intrascendentes artículos con que polemizaban -sin ofenderse, aunque sí como propinándose piquetes de ombligo- Paco de la Maza y Pepe Rojas Garcidueñas, en una siguiente ocasión pasé a saludarlo y a darle mis congratulaciones por su acierto editorial. Algo brotó entonces al cruzar comentarios sobre una tesis de filosofía estética, concurrente en eso del barroco y eso de lo real maravilloso, que muy sorprendentemente, tal vez por pura virtud de nuestras maravillas históricas americanas (del Río Bravo hacia el sur), la cual discurrió con gran genio el cubano Alejo Carpentier, pero en Venezuela y coincidentemente en los mismos años de entre 1940-1950. Pero al respecto ya no agregaré nada, y dejo para otra ocasión el tema.

A la distancia de esto y lo demás que he memorado, visto que quedó ya involucrado como un tercero gloriosamente afamado por su propia obra intelectual el potosino-tangamanense Paco de la Maza, ahora a los directivos de Ediciones La Rana me atreví sugerirles que esta segunda edición de El erudito y el jardín salga aumentada y enriquecida con el texto Retablo barroco a la memoria de Francisco de la Maza, que es ni más ni menos la oración fúnebre que, en voz propia pero a nombre del colectivo de colegas investigadores y maestros del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, leyó el salmantino José Rojas Garcidueñas en la velada literaria con que fue homenajeado el mencionado Paco de la Maza cuando lamentablemente falleció.[1]

Sirva, pues, lo hasta aquí escrito, para volver a enfatizar, desde mi enfoque personal, que no hay ninguna línea de desperdicio ni de intrascendencia en el volumen que Ediciones La Rana ha escogido para inaugurar su nueva colección editorial, con esta segunda edición del tantas veces referido libro de anécdotas, cuentos y relatos de José Rojas Garcidueñas, así aumentado y enriquecido con apéndices de antes y de ahora, y notas agregadas de relevante y significativo contexto, presumiblemente todo muy provechoso –creo– para el público lector. Si así resulta, congratulaciones para todos, que entonces podremos manifestar nuestro general júbilo -cabe decirlo-, como genuinos batracios que croan saludando la lluvia venida de los cielos abajeños y que escurre, lava y refresca nuestros perennes  peñascales montañosos.

Con saludos de mi parte, que deseo se escuchen como un croar particular, alegre y festivo de este batracio todavía no petrificado ni convertido en cerro mudo del paisaje quanaxuatense, desde la Antigua Academia de San Carlos, hoy Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM.

Juan Diego Razo Oliva

(“Por mis Razos me hablará el espíritu de los cuatro vientos chicomoztoques”;

“In dog we trust”; y “No, no es cierto que el Corrido sea un peligro para México,

ni siquiera hoy que suena a gruñido de gato montés alterado”)

Mayo de 2013.


[1] Estimado lector, el texto sugerido por Juan Diego Razo Oliva aparece en la sección “Apéndices”. (Nota de la Editorial)

Don Quijote en obras de artistas de la antigua Academia de San Carlos, hoy ENAP-UNAM. Tema para evocar a José Rojas Garcidueñas como historiador del arte plástico mexicano.

José Rojas Garcidueñas (Salamanca, Gto. 16 de Nov.1912-Cd. de México 1º. de Jul.1981), erudito escritor trabajó buena parte de su vida en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y en varias escuelas y facultades de esta misma universidad. Escribió el libro Presencia de Don Quijote en las Artes de México (1968), en cuyos capítulos IV y VI, en especial, expuso importante información literal e iconográfica relativa a que varios artistas formados en, o vinculados con la que fue antigua Academia de San Carlos y hoy es Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, aplicaron el grabado, el dibujo, la pintura y la escultura, en distintos momentos de la historia escolar, y recrearon con lenguaje plástico el tema de Don Quijote y otros personajes de la novela de Miguel de Cervantes Saavedra, genio literario de gloria mundial inmarcesible. (1)

En Salamanca, estado de Guanajuato, y en la capital de esta entidad, este noviembre de 2012 se celebran varios actos de homenaje para recordar los 100 años del natalicio de Rojas Garcidueñas en la ciudad primeramente nombrada, y 60 de que como investigador y maestro universitario estuvo en la capital estatal y fundó la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, y fue su primer director. En la ocasión honrosa que se me pide participar en estos homenajes, creo que interesa conocer y revalorar el importante estudio, al parecer pionero hace 40 años y casi único hasta hoy, donde nuestro paisano, como riguroso investigador de historia del arte en México, aportó datos fundamentales -aún en estos días- sobre artistas que en el bello edificio de la calle Academia 22, sede que hoy comparten el Posgrado de la ENAP y el Centro Cultural San Carlos, trabajaron imágenes visuales para recrear el noble tema del “Caballero Manchego”, sugestivo desde que en su libro genial lo dio a conocer en 1605, en España, don Miguel de Cervantes Saavedra.

Del prólogo con que Rojas Garcidueñas presentó su investigación en 1968 son estas líneas:

Los personajes de la novela de Cervantes, obra máxima de las letras en lengua castellana, con la universalidad justamente alcanzada por lo genial de las páginas en que nacieron, han sido usados y aprovechados como tema de todas las artes. Así ha ocurrido también en México, pero lo cierto es que hasta hoy nadie ha tratado de revisar las obras en que tal acontece [con excepción de lo que se debe a la Bibliografía Cervantina de Rafael Heliodoro Valle y Emilia Romero, acotada en el campo literario]. Por ello, por ser esta una investigación que se ha atrevido a ojear en campos casi inexplorados, espero encuentren disculpa las omisiones y faltas en que sin duda abundan estas páginas, además de que, como es sabido, no hay estudio perfecto ni investigación exhaustiva.(2)

Dato interesante, que vale de nuevo difundir, es que el maestro catalán Pelegrín Clavé, contratado a mediados del siglo XIX  para  dar clases de pintura y dibujo en la que entonces se llamaba Escuela Nacional de San Carlos, en su imaginario trabajó dicho tema, y por lo menos un boceto a lápiz, de Don Quijote leyendo, trajo a nuestro  país o aquí lo realizó, al parecer retocándolo. Al mismo Rojas Garcidueñas le tocó conocer este dibujo pues lo tuvo en propiedad, según dijo en palabras suyas escritas no en la edición de 1968 de su libro que arriba cité, sino en la versión resumida del capítulo “Don Quijote en la artes plásticas de México” que editó la colección SEPSetentas en 1972 bajo el título general de Cervantes y Don Quijote. Estudios mexicanos, y cuya compilación y prólogo se deben a Rojas Garcidueñas. (3) Más adelante retomaré este punto.

Con antelación de medio siglo o poco más, cuando aún no venían a trabajar en nuestro país Jerónimo Antonio Gil y Rafael Ximeno y Planes: los dos primeros directores de la Real Academia de Bellas Artes de Nueva España, ambos maestros de talento creativo dejaron obras con que salieron ilustradas algunas de las más hermosas ediciones hechas en Madrid del libro de Cervantes, a finales del siglo XVIII. Esto también lo informa Rojas Garcidueñas, pero es un aspecto que por ahora dejaré de lado. (4)

Ya sobre la materia específica que aquí y ahora nos interesa, dice que artistas del dibujo, el grabado, la pintura y la escultura, en nuestro país, en el pasado siglo XIX y en el XX, han tratado los temas quijotescos con variable frecuencia y asiduidad, pero en número tal que no es fácil, tal vez ni posible, registrar. Por ello se ocupó sólo en referir los ejemplos más notables de que tuvo noticia, de los cuales, en mi propósito de mostrar lo más significativo seleccioné los siguientes casos:

– Pelegrín Clavé (su dibujo a lápiz ya mencionado);

– Julio Ruelas (su acuarela sobre papel que perteneció a José Luis Martínez, exhibida en una exposición homenaje en el Palacio de Bellas Artes en 1965);

– Gabriel Fernández Ledesma  (una letra capitular y una viñeta en Lecturas clásicas para niños, libro que editó la Secretaría de Educación Pública del tiempo de Vasconcelos;

– Roberto Montenegro (su dibujo coloreado con que, junto a Gabriel Fernández Ledesma, ilustró dicho libro Lecturas clásicas para niños);

– Arnold Belkin (dos escenas de sus murales al fresco, en un hotel de Cuernavaca);

– Lorenzo Rafael (cinco relieves de escultura en metal martillado)

Al documentar el caso de Pelegrín Clavé, Rojas Garcidueñas inicia dando gracias a Salvador Moreno, también historiador del arte en México, que con su  biografía del catalán venido a San Carlos como maestro y director de pintura, marcó pauta valiosa para registrar la presencia  del tema “Don Quijote” en esta academia de artes de nuestro país. En efecto, Moreno dejó dicho que: “Se trata de una pintura al óleo que con el título de ‘El ingenioso Hidalgo Don Quijote’ aparece mencionada en una lista, de puño y letra de Clavé, [cuando] estaba aún en Roma (1834 a 1845) y en la que añade que ese cuadro fue pintado para México”. (5) Preguntaba Rojas Garcidueñas a quién vino destinado el cuadro y  sí aún existe y dónde está; y respondía con sólo la esperanza de que circulando el libro de Moreno, más sus propias indagatorias, alguien  se viera estimulado a informar algo.

De otra pintura también de Clavé con tema de El Quijote, sí informó Rojas Garcidueñas que es un óleo que quedó en Barcelona con la señora Matilde Clavé viuda de Baldocchi, aunque el dibujo a lápiz con que bocetó la escena, sí vino a dar a México y a él perteneció. Conviene leer donde el erudito guanajuatense asentó su dicho (y yo con negritas enfatizo dato tan relevante):

El dibujo a lápiz, del que soy poseedor, en amarillento papel semitransparente , de 24.5 x 18 cms. Tiene en su parte superior, pegado por el borde, otro pequeño trozo de papel de 6 x7 cms., cubriendo la cabeza y el cuello de la primera figura con otra versión de esa parte, la que, sin duda, no había satisfecho a Clavé. (6)

Extraordinaria y gratísima suerte sería que alguno de los que aquí en Salamanca o en Guanajuato ahora nos ocupamos en repasar y meditar acerca de la vida, obras e inquietudes de nuestro entrañable Pepe Rojas Garcidueñas, llegara a saber del paradero actual de ese dibujo, luego de que hace más de 31 años él murió y -hasta donde he indagado- nadie más ha referido el dato. Digo que sería enorme y grata la suerte de llegar a dar con el actual poseedor del dibujo de Clavé, puesto que aquí en Salamanca, en especial, una vez que se ya se construye una biblioteca de servicio público dedicada a perpetuar el recuerdo de nuestro ilustre intelectual, tal espacio, a su vez dedicado justamente a arraigarnos en el necesario y provechosísimo hábito de la lectura, resultaría ideal para colocar visible a Don Quijote entregado a leer. También para otros centros de difusión cultural que ya poseen  acervos de obras artísticas de Pelegrín Clave, tal hallazgo resultaría valioso, concretamente para el Centro Cultural San Carlos y el Museo Nacional de Arte Moderno.

Con apoyo entusiasta de Rosa María Rojas Navarrete, sobrina de Pepe que radica aquí en Salamanca, a partir de hipótesis sencillas y probables, ya comenzamos a preguntar a los otros parientes, a los encargados del Museo Iconográfico del Quijote en Guanajuato y a un editor de libros en México, si poseen o saben en dónde pudo haber quedado ese histórico dibujo. No hemos encontrado nada, y quizás nada, nadie pueda encontrar. Digo esto porque igual cabe la infortunada probabilidad de que con la dramática y sentida muerte de doña Margarita Mendoza López, en el Hotel Regis, durante el temblor de 1985, si ella conservaba el dibujo de Clavé en la suite a donde se había mudado poco después de quedar viuda, dicha pertenencia quedase destruida, igual que otras de ella y de su difunto esposo que allí hubiese guardado.

Luego de dar ese llamativo dato que en cierto modo revela su afición de coleccionista de objetos de arte, Rojas Garcidueñas describe en términos minuciosos, detallados, la escena de El Quijote leyendo. Por prolija y amplia la descripción no la citaré, pero sí recomiendo sea leída por quien deseara tener idea del método acucioso de historiadores del arte en México, como Rojas Garcidueñas, que hace medio siglo se aplicaban a examinar y apreciar los objetos de sus reflexiones. Lo que sí cabe citar es la opinión que al investigador le mereció el trabajo del artista Clavé:

(…) el boceto dibujado por Clavé, equilibrado, de cuidadosa composición, sugiere la idea de que debió ser (y esperemos que aún exista) la pintura definitiva, acaso de dimensiones a tamaño natural, como era frecuente en las obras de Clavé, y es interesante que aun ese boceto, o tal vez precisamente por no ser más que eso, muestre leves

deslices hacia un romanticismo que no fue propiamente la dirección artística de Clavé, a quien se considera más bien dentro de la escuela académica; pero hacia el año de 1840 el romanticismo había florecido y fructificado de tal modo que  ya no era sólo una corriente o modalidad artística, sino que impregnaba la atmósfera y muy pocos podían escapar, aun queriéndolo, a su influjo y penetración.(7)

Acerca de Julio Ruelas menciona hasta tres trabajos con temas del libro de Cervantes: dos dibujos que aparecieron como ilustraciones en la Revista Moderna (Núm. 1, año IV, 1ª- quincena de enero de 1905), para el texto “Dulcinea” de Jesús Urueta, más una  acuarela propiedad de José Luis Martínez, quien la prestó para una exposición de homenaje al artista plástico, en junio-julio de 1965, en el Palacio de Bellas Artes. De ésta –que reprodujo para  su investigación- Rojas Garcidueñas escribió: “Es, propiamente, un dibujo a la acuarela [sobre papel de 28 x 20 cms.] pues solamente hay negros en diversos tonos: suaves, medianos e intensos, las luces están dadas con líneas o toques de blanco puro, también de acuarela. En el ángulo inferior derecho, las iniciales del autor: JR dentro de un pequeño círculo y la fecha 97, es decir 1897.” (8) Es un Quijote cabalgando, y en cinco sustanciosos párrafos, según su meticuloso método, hace la descripción detallada de la obra, y da al final su opinión en el sentido de que: “Toda la escena es dinámica hasta el frenesí, lúgubre y tremenda, de muy buena composición y magnífico dibujo. Es, sin duda, una de las mejores acuarelas de ese fino y atormentado dibujante que fue Julio Ruelas.” (9)

De los trabajos con técnicas de grabado que Gabriel Fernández Ledesma y Roberto Montenegro hicieron en 1925 por encargo del entonces primer secretario de Educación Pública José Vasconcelos, para ilustrar los dos volúmenes de Lecturas clásicas para niño (“uno de los libros más hermosos, por varios conceptos, que ha publicado el Estado mexicano”), Rojas Garcidueñas refiere tres, escogidos por él, de entre siete con que ambos artistas ilustraron el volumen 2, en el apartado que trae partes selectas del libro de don Miguel de Cervantes. (10)

De la letra “E” con que abre la lectura el inmortal texto cervantino diciendo “En un lugar de la Mancha,…”, y que el grabador Gabriel Fernández Ledesma trabajó como bella capitular, nuestro investigador dice: “La capitular es un grabado en madera, que fundadamente atribuyo a Fernández Ledesma. Atrás de la letra E se ve parte de un molino de viento sobre unas lomas y un par de pequeños árboles. A la derecha está Don Quijote, de pie, con armadura completa; el rostro descubierto, es flaco, alargado, muy expresivo; con gran economía de trazos y un buen sentido de la composición.” (11)

Respecto a la viñeta: un Don Quijote atacando con su lanza, opina que “es una magnífica xilografía de Gabriel Fernández Ledesma, cuyas iniciales están allí.” (12) Opinión que reafirma en lo que sigue del mismo párrafo, redactado con su metódica minuciosidad:

Don Quijote, con armadura y grandes espuelas, es una figura de gran dinamismo por la adarga que parece una rueda girando y sobre todo por las curvas del dorso de la cabeza, que proyectan la masa hacia el sentido del eje principal, que es la lanza. Rocinante, anguloso, esquemático también se mueve estirando el cuello y las patas delanteras, Toda la figura descarga y apoya sobre el tremendo lanzón, cuyos extremos están fuera del cuadro, pero cuya punta resalta, negra, contra unas redondas nubes de polvo que rompen la lisura del suelo blanco. Bastaría este pequeño grabado para mostrar qué buen grabador era ya, en aquellos años juveniles, Fernández Ledesma. (13)

Pasa a ocuparse de la ilustración debida a Roberto Montenegro, dedicándole no unos cuantos párrafos sino más de dos páginas del texto, para constituir así –según mi concepto- todo un panegírico de un historiador mexicano del arte para un artista también mexicano que de verdad poseía  genio imaginativo y supo aplicarlo a un tema literario ya entonces no exclusivo de la cultura del mundo de habla hispánica sino de rango universal. Creo que con sólo copiar el inicial párrafo, quedan resaltados los méritos de tal obra sobre el noble y trascendente tema.

La lámina a colores -escribe Rojas Garcidueñas-, que firma Montenegro, se aparta por completo del propósito que habían tenido las ilustraciones del Quijote de ediciones anteriores, porque en todas ellas (particularmente … las estudiadas en páginas precedentes, pero el juicio podría extenderse a todas las ilustraciones … en ediciones europeas y del Nuevo Mundo del siglo XIX), la intención había sido ‘ilustrar’ el texto cervantino, es decir, dibujar o grabar escenas  o momentos de la novela, en cambio la obra de Montenegro tiene un sentido completamente diferente pues hay en ella trascendencia y simbolismo de tal manera que no ilustra una escena concreta sino que muestra o expresa, en términos plásticos, algo del sentido recóndito y esencial del Quijote, pero que no se encuentra ni en términos concretos ni en frase alguna de la obra, y aun más, ese sentido trascendente y simbólico es el que corresponde a nuestra actual sensibilidad y a la interpretación que del Quijote hacemos en nuestro tiempo, sin duda diferente a la que se hizo en otras épocas y quién sabe hasta dónde coincidente o diferente de la que de su propia obra tuvo Cervantes. (14)

De Arnold Belkin, pintor nacido en Canadá pero que desde joven vino a México,  donde realmente se formó y asimiló -no sin críticas de su parte- valores de la plástica mexicana, en especial del muralismo, Rojas Garcidueñas refiere cuatro murales al fresco que Belkin pintó en el hotel La Casa de Piedra, en Cuernavaca.  De los cuatro,  en su libro el investigador reprodujo fotografías en blanco y negro, dedicando a cada uno, muy en su estilo entretenido y detallista, un minucioso análisis.

Respalda así juicios de valor sobre lo que considera un estilo del pintor que por 1956, cuando trabajó esas obras, daba muestras de que manejaba aún de manera incipiente, no tanto la técnica del mural, sino la composición formal y las resoluciones figurativas por plasmar en los muros defectos evidentes, aunque en conjunto haya logrado méritos estimables. Por las dos reproducciones que aquí muestro, o acudiendo a ver directamente los murales en Cuernavaca, cada observador puede estar o no de acuerdo con estos juicios que expresó José Rojas Garcidueñas hace más de medio siglo. (15)

Lorenzo Rafael es el artista escultor del que se ocupa Rojas Garcidueñas para cerrar su investigación.  Porque incumbe de modo directo a la vida histórica de la antigua Academia de San Carlos, hoy ENAP-UNAM, vale copiar literalmente el párrafo con que Rojas Garcidueñas inicia el texto de su propósito, que dice:

Lorenzo Rafael nació en México, en 1897; estudió en la Escuela Nacional Preparatoria, en los años más álgidos de la revolución; luego cursó cuatro años de la carrera de medicina hasta que, por diversas circunstancias y sin duda por honda y verdadera vocación, se resolvió a dedicarse a la escultura. Siempre fue hábil de manos y en la propia Escuela de medicina tenía muy cerca un buen ejemplo, el del doctor Carlos Dublán, médico eminente y hábil escultor[,] y todo ello acabó por llevar a Lorenzo Rafael a la entonces Escuela de Bellas Artes, la vieja Academia de San Carlos, que con todas sus lacras y fallas que la han agobiado, a pesar de todo ello ha sido almácigo de artistas, en

México, hace doscientos años. Naturalmente, mucho ayudaron a Lorenzo Rafael sus estudios previos, en general muy superiores a los de la mayor parte de los alumnos de San Carlos y por eso, cuando él estuvo allí pudo dedicar todo su tiempo al aprendizaje de los talleres de dibujo y escultura, para perfeccionarse  en lo que desde antes había empezado a practicar y, sobre todo, para aprender y dominar técnicas nuevas.(16)

No propiamente contemporáneos, pero sí de generaciones contiguas, José Rojas Garcidueñas y Lorenzo Rafael se conocieron en el ambiente artístico-intelectual de años del México posrevolucionario; y cuando el escultor aún vivía hacia el segundo tercio del siglo XX y el escritor preparaba la publicación de su libro del que tomamos estas citas, mantuvieron cierta frecuentación amistosa. Esto lo hace notar el escritor al decir que en entrevistas directas obtuvo datos  que desde luego expuso en las varias páginas que dedica a dicho artista y sus esculturas, reconociéndole como muy productivo, incluso innovador en el campo de la escultura moderna mexicana, en su opinión poco conocida hacia el año de 1968 a pesar de que, sobre el mismo escultor y no pocos Quijotes de su autoría, circularon artículos, entrevistas, crónicas y reportajes. Pero ningún estudio organizado. Justificó así que en su libro ponga como objetos de atención hasta seis ejemplos de obras quijotescas de Lorenzo Rafael y dedique al tópico casi diez páginas donde pondera al artista sobre todo como innovador en cuanto a la técnica que prefería  de esculpir con el martillo relieves en metal.

Rojas Garcidueñas redacta tres sustanciosos párrafos, los que, advirtiendo el riesgo de alargar demasiado las citas textuales, voy a copiarlos literalmente ya que contienen informes de primera mano y de cuyo sentido crítico-valorativo, hasta donde sé, nadie aún se ha ocupado en revisar, confirmar  o rebatir. Dice primeramente:

Lorenzo Rafael ha utilizado diversas técnicas, en realidad casi todas  las posibles para la escultura[,] pues figuras del Quijote las ha tallado en madera, las ha labrado en piedra y las ha modelado para luego fundirlas en metal, pero su técnica preferida, y la que más cultiva, es la de hacer relieves en metal martillado, utilizando hierro, bronce, plata u oro; la inmensa mayoría de sus obras  han sido relieves labrados en hierro o en bronce. No utiliza, como yo había supuesto, un soporte de lacre o resinas duras, sino que dice preferir un buen trozo de madera, cortado no a lo largo del tronco sino perpendicular a las vetas, lo que los grabadores llaman ‘madera de pie’, para mayor dureza y uniformidad, sobre ese bloque coloca la lámina de metal y la trabaja con martillos.(17)

Continúa y explica:

El procedimiento es indudablemente delicado, riguroso y muy noble, y Lorenzo Rafael lo prefiere, con mucho, al metal fundido, que le parece más indirecto y, en cierto modo, menos personal, En efecto, como es bien sabido, una escultura fundida tiene varias etapas: la creación en el modelado en barro (hoy algunos escultores lo hacen en plastilina, para el caso es igual), luego hay que sacar el molde en yeso,, con lo cual indefectiblemente algo de la versión inicial y directa se pierde, finalmente se pasa al metal fundido, por el procedimiento de la cera perdida; claro que la escultura ya fundida debe ser trabajada una última vez para suprimir bordes, grumos o imperfecciones que son huellas inevitables del metal en fusión, [y] ese último trabajo el escultor puede aprovecharlo para toques que acusen o supriman pequeños detalles pero siempre habrá distancia entre la versión primera que los dedos modelaron […] y la última que los cinceles retocaron […]. En contraste, la lámina de metal, sobre la que se dibuja y luego se esculpe martillándola, tiene la ventaja de lo inmediato y hasta espontáneo, aunque también el grave inconveniente de la imposibilidad de corregir errores, si no son mínimos; es, en realidad, como la talla directa en madera o en piedra.(18)

Y en el tercer párrafo Rojas Garcidueñas externa su apreciación que creemos importante, pues subraya la capacidad creativa con que el escultor Lorenzo Rafael produjo las imágenes sobre el tema de El Quijote. A tal fin, el investigador mostró hasta siete fotografías, de las que aquí se reproducen cinco. De todas apreciamos su importancia, no obstante que ya casi se cumple medio centenar de años de que fueron publicadas:

Lorenzo Rafael ha conseguido una gran destreza en esa manera del metal martillado, muchas veces sólo hace un boceto previo de la obra que emprende, luego la dibuja directamente en la plancha de metal y procede a labrarla creando el volumen en cada golpe, siguiendo o cambiando la silueta dibujada, según la inspiración en el proceso de la obra, por lo cual dije antes que era procedimiento directo, noble y riguroso; por eso mismo él la prefiere a otras técnicas para hacer lo que artísticamente quiere expresar.(19)

Resulta, pues, que no ha disminuido el valor significativo, desde diversos puntos de enfoque, esto que recapitulamos bajo la luz del saber erudito de José Rojas Garcidueñas. Sin duda, con las reproducciones mostradas, revela aspectos poco conocidos sobre la historia de las actividades académicas, creativas e intelectuales, que gestaron y llevaron a feliz término varios profesores-artistas y alumnos destacados en el antiguo recinto de Academia 22, seducidos por la lectura del noble y bello tema de El Quijote, en páginas inmortales de don Miguel de Cervantes Saavedra.

De mi parte, si en este ensayo enaltezco los méritos de inteligencia erudita y de minucioso, detallista y agudo historiador del arte mexicano que todavía hoy ornan con destellos de originalidad varios textos del siempre bien recordado José Rojas Garcidueñas, es porque pienso que muchas de sus obras escritas propusieron y siguen proponiendo temas sin duda relevantes pero apenas explorados sobre las artes y la cultura de creación imaginativa en México. Me congratulo por haberme topado con este asunto por el que nuevamente recupero y disfruto para mí y para quienes sepan de mis palabras, el cálido recuerdo de José Rojas Garcidueñas el ilustre paisano salamantino,  guanajuatense de la mejor cepa.

A propósito, para finalizar, agrego que el mote “El Bachiller de Salamanca”, con que le reconocían  compañeros y amigos de sus tiempos de estudiante universitario, cuando en tertulias de café se reunían a comentar lecturas, al salir de aulas de la UNAM que se ubicaban en el llamado Barrio Universitario del Centro histórico de la Ciudad de México, él lo aceptó siempre con agrado y aun con orgullo; y en la ocasión en que para inscribirse en concurso abierto convocado por el Instituto Tecnológico de Monterrey, precisamente sobre el tema de Cervantes y Don Quijote en el Arte Mexicano, envió su trabajo bajo tal seudónimo, y ganó el primer lugar. Firmó: “Br. Salmantinicensis.”

Juan Diego Razo Oliva. Noviembre de 2012.

*******************************************************************

Notas:

1) José Rojas Garcidueñas, Presencia de Don Quijote en la artes de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, México, 1968.

2) Rojas Garcidueñas,  op. cit. pp. 5-6

3) Cervantes y Don Quijote. Estudios mexicanos, Ed. SepSetentas, México, 1972. Compilación y prólogo de José Rojas Garcidueñas. Su resumen entre las páginas 104 y 130.

4) Rojas Garcidueñas, Presencia de Don Quijote…op.cit. p.78.

5) El estudio al que se refiere el investigador es la obra de Salvador Moreno, El pintor Pelegrín Clavé, editada por el Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, México, 1967.

6) Rojas Garcidueñas, Cervantes y Don Quijote… op. cit. p.108.

7) Ibidem, p. 111

8) Ibid .p.112

9) Idem.

10) Lecturas clásicas para niños, Departamento Editorial, Secretaría de Educación, México. Dos volúmenes. La primera edición data de 1925; pero el ejemplar del vol. 2 del que dispongo y uso para de ahí reproducir las ilustraciones de Fernández Ledesma y de Montenegro, de las que se ocupó en su estudio Rojas Garcidueñas, es una reimpresión datada en 1984.

11) Rojas Garcidueñas, Presencia de Don Quijote … op. cit. p. 99. (Ésta y las citas que siguen vuelven a ser referidas al libro de 1968 de nuestro investigador que editó el IIE-UNAM, ya que en el resumen que él mismo publicó en SepStentas, en 1972, suprimió partes.

12) Idem.(El pie de foto, como puede verse, viene con un error garrafal: dice “Hernández Ledesma”, en vez de Fernández Ledesma)

13) Idem.

14) Ibidem, pp. 99-100.

15) Ibidem, ver desde la página 237 a la 139.

16) Ibid. 139.

17) Ibid. 140.

18) Ibid. 141.

19) Idem.


Temas de Salamanca y el Bajío en textos del amigo y paisano José Rojas Garcidueñas, erudito afable, generoso y comprensivo.

Juan Diego Razo Oliva

I. Introducción (o por los caminos de ayer)

A medio año de 1970 obtuve mi licenciatura en la Escuela (hoy Facultad) de Economía de la UNAM con una tesis sobre eficiencia económica comparada en el uso de los recursos agrarios en el sector ejidal y en el de la pequeña propiedad, en el contexto geográfico y social de varios municipios de la región del Bajío guanajuatense, uno de ellos Salamanca. Con ciertos datos estadísticos y de otra índole que debí consultar para esa tesis, a la vez que le daba forma a ésta, con enfoque más o menos sistemático agrupé los relativos en particular al Municipio de Salamanca, con la idea de integrar una especie de compendio monográfico que me permitiera redactar lo que vino a ser mi primer libro publicado que salió con el título de Salamanca. Dimensión económica municipal. Lo editó en 1971 el Ayuntamiento del gobierno local, presidido por Francisco Aguinaco Alemán.

Este presidente municipal, en tanto se comprometía a editar mi texto, me hizo la recomendación de que buscara en la ciudad de México al licenciado José Rojas Garcidueñas a fin de convencerlo que escribiera un prólogo que ponderara el presunto valor documental que supusimos poseía mi texto, y así lograra un más amplio y sólido alcance cuando saliera publicado.

Fue la primera vez en mi juvenil pero ignorante vida que oí mencionar a José Rojas Garcidueñas, caracterizado como un destacado escritor nativo de Salamanca, Guanajuato, emigrado a México, y cuyo nombre y prestigio podía avalar el mérito intelectual o literario de cualquier escrito que en letras impresas aspirara a difundir algún aspecto relativo a la vida en Salamanca o en otro ámbito más amplio como el estado de Guanajuato. Se me dio por pista para localizarlo un número telefónico que cuando llamé resultó ser de la Oficina del Consultor para la Secretaría de Relaciones Exteriores en Aguas y Límites Internacionales, y en la cual, como sorpresa agradable, en cuanto me anuncié como “estudiante universitario paisano del licenciado Rojas Garcidueñas”, la secretaria que tomó la llamada inmediatamente me comunicó con él. Me identifiqué y le expuse a grandes rasgos la solicitud que queríamos plantearle, y aún más grata fue mi sorpresa al decirme que con gusto me recibiría ahí mismo en su oficina, un par de días después, para ver en específico cómo y con qué información sustentaba mi texto monográfico el tema de Salamanca.

Acudí a la cita, y puesto que no existía entonces este ambiente de miedo y desconfianza entre los altos o medianos funcionarios de gobierno que sentimos ahora como esquizofrenia  social, con apenas la mínima formalidad de anunciarme como “visitante para un asunto académico a la oficina del licenciado Rojas Garcidueñas”, subí al piso de la torre de la SRE en Tlatelolco, donde de un modo extraordinariamente afable y cordial me recibió él para brindarme el gusto de estrechar su mano y empezar a tratarlo en una relación que de muchas maneras me significó aliento comprensivo y cálido entusiasmo en esa ocasión y otras ulteriores cuando he incursionado, no con la frecuencia y el rigor que sería deseable, en temas del Bajío y en especial de Salamanca.

Porque resulta que nuestro sabio ilustre, cuya obra escrita principal  se considera de mucha importancia y de alcances  trascendentes puesto que trata temas y cuestiones de peso significativo para la literatura y el arte nacional, incluso para la cultura de más allá de las fronteras mexicanas, también y no con poca frecuencia se ocupó de temas y asuntos circunscritos al ámbito de Salamanca y el Bajío guanajuatense, el micro universo de su oriundez y de entrañables recuerdos. Sobre esto deseo entretejer los párrafos de este artículo.

II. Que de dónde, amigos, vengo…

En aquel inicial encuentro y por tan particular motivo, decidió que me obsequiaría, para edición de mi texto, en vez de un pequeño prólogo,  varias páginas que intitulamos “Preliminar histórico”, las  que no únicamente realzaron y avalaron el interés informativo con que salió aquella ya vieja pero aún consultable monografía socioeconómica de Salamanca, sino que la engalanaron y complementaron con datos de suma importancia para conocer aspectos esenciales del pasado salmantino. De hecho, puedo decirlo, pues así me lo dijo el mismo Rojas Garcidueñas, esas páginas que en dos o tres semanas me entregó, eran  apuntes básicos que venía haciendo con la finalidad de poco a poco darle forma a lo que luego, ya como su libro póstumo, editó en 1982 la casa Porrúa con el título de Salamanca. Recuerdos de mi tierra guanajuatense, y que él infortunadamente ya no pudo tener en sus manos ni repasar su lectura tal cual sí venimos haciendo, con enorme provecho, cientos de  sus paisanos de esta provincia abajeña, algunos con inescrupuloso fusil en mano.

Recién casado hacia 1972 y con dos hijos que nacieron de mi primera esposa Carlota Botey, el departamento que habitábamos en la calle de Dolores en el centro de la ciudad de México, quedaba a no más de siete cuadras del espacioso y muy bien arreglado departamento que en el número 8 de la calle de Bolívar (edificio Santa Clara, estilo florentino), también del centro citadino, Pepe Rojas Garcidueñas rentaba y ocupaba con su esposa Margarita Mendoza López, mujer de méritos intelectuales reconocidos, admirada y querida en los círculos de escritores y artistas de la entonces ya algo grandota pero aún tranquila y segura metrópoli mexicana. Como matrimonio bien fincado en mutuo respeto y seguramente en un gran amor, cultivaban Pepe y Margarita la notoriamente bella y noble costumbre de recibir ahí, los martes de 19  a 23 horas (horario estricto) a amigos escritores y artistas, compañeros y alumnos de la Universidad, periodistas e intelectuales, y toda persona conocida o que deseara conocerlos acompañándolos en sus animadas y siempre ilustrativas tertulias, durante las cuales cualesquier tema cultural e histórico pero asimismo de la vida cotidiana del mundo y la nación  podía ser planteado y debatido con absoluta libertad de opinión, también de expresión. Ello gracias a que los anfitriones sabían crear en su entorno, y más aún en su casa, un ambiente humano liberal y comprensivo, de cordial, amplia y absoluta tolerancia. Se me abrió entonces una espléndida oportunidad de asistir, al menos una o dos veces cada mes, a esas agradables y siempre enriquecedoras tertulias. Conocí entonces a algunos de sus contertulios de llamativa personalidad como Francisco Liguori, Armando Jiménez, Xavier Rojas, Gloria Carmona, María Rosa Palazón, Andrés Henestrosa, entre otros que ya no nombro para no alargar la lista y cometer pecados de olvido.

Mi acercamiento con Francisco Liguori, el genial epigramista y periodista de extraordinaria memoria literaria, resultó por ciertos detalles curiosa. Relato aquí una anécdota que creo que al mismo Pancho Liguori no le incomodaría recordar si aún viviera. En la mesa de servicio que había en el centro de la espaciosa estancia donde recibían Pepe y Margarita, solían poner botellas de vino, descorchadores, botellas de licor, refrescos y vasos y hielos, aceitunas y algunas botanas de frutos secos, y cada quien, según tuviera ganas de beber algo se servía al gusto. Liguori tenía algo más arraigada la afición por los buenos tragos y como era gran platicador, sus amenas intervenciones las prolongaba y humedecía con generosos vasos de licor que se servía, resultando a veces que era el último, ya pasadas las once de la noche, en pararse, tambaleante,  del sillón para despedirse de los amables pero a tales horas ya cansados anfitriones. Doña Margarita, que tenía un acentuado sentido práctico, me dijo alguna vez: “Juan Diego, tú que vives aquí cerca y no tienes que tomar taxi, haznos el favor de esperar a que den las once y ver que Pancho junto contigo se levante a despedirse, busca algún pretexto y llévalo a la calle y que aborde un taxi rumbo a su casa.” Así procedí varias veces y de cierto modo me convertí en una especie de sacaborrachos de aquellas tertulias (y esto con su buen humor el mismo Liguori lo reconocía y creo que hasta me lo agradecía).

Por esto, una vez que en lugar de irse él a su casa en taxi y yo a la mía a pie, pasamos a “echarnos la del estribo” en la cantina La Ópera, ahí cercas en 5 de Mayo y Filomeno Mata, donde topamos con la imponente presencia de Renato Leduc, amigo y colega de Liguori. Leduc tenía sobre la barra, junto a su copa de tequila, un libro que me permitió ver y que era un ejemplar de la casi secreta edición de su tríptico: Prometeo, La Odisea y Euclidiana, tres parodias de otras tantas obras de la literatura griega, en lenguaje de crápulas burdeleros. Fuera de comercio salieron numerados mil ejemplares manuscritos por el calígrafo Raúl Sandoval, y el que tomé en mis manos fue el 0946.

Maravillado, me atreví a leer en voz alta ante aquel par de gigantes de la rima los seis versos con que inicia la trágica mutilación, en salva sea la parte, del Prometeo que Leduc imaginó sifilítico, ahí donde Cratos anuncia el terrible castigo al héroe griego que se atrevió a secuestrar del apaño en que  los dioses guardaban para ellos el inapreciable arte de practicar el sexo en infinitas posturas y con supremos y variadísimos placeres: “Por fin hemos llegado / al siniestro confín de Recabado. // Tú, padrote de putas miserables / quedarás enclavado en esta roca, // un chancro fagedénico en tu boca / dejará cicatrices imborrables”. Antes de iniciar la segunda estrofa, Leduc me arrebató el libro, diciéndome: “Pare ahí, amigo Juan Diego, el libro se lo voy a regalar pero deberá usted aprender a leer y recitar versos en voz alta, por lo menos con el magistral arte con que lo sabe hacer el gran Francisco Liguori, a quien usted viene acompañando aunque sin haberle aprendido más que a empinar el codo, arte que también tiene su chiste.” Agregó: “Salud”, brindamos los tres y enseguida estampó en la página del colofón su firma y la fecha, septiembre 4 de 1973, y yo quedé dueño del ejemplar 946 del tremebundo poemario de Renato Leduc, lleno de procacidades e ingeniosas ocurrencias de un pícaro experimentado.

Desde luego, cuando he narrado esto algunas veces (hasta hoy oralmente) a amigos míos y entre  amigos y conocidos que lo fueron también de Pepe Rojas Garcidueñas y Margarita Mendoza López, mi intención ha sido subrayar el significado de enriquecedora trascendencia espiritual, intelectual o de sencilla y llana cordialidad humana (acaso lo más imponderable) que llegó a tener la civilizada costumbre, liberal y bella de esa pareja que celebraba sus tertulias en el gentil seno de su hogar. Ahora lo pongo escrito, como verdadero ejemplo que conocí y no olvido de bonhomía y apertura a la amistad, atributos del sabio Pepe y de cariñosa comprensión humana  de la sutil y distinguida Margarita. Y aclaro que a ellos, con hábitos  mucho más apacibles y moderados, aunque no pacatos ni mucho menos puritanos en sus gustos y costumbres del beber y el comer, nunca los encontré en cantinas y cafeterías donde yo mantuve ocasional trato en esos años con Pancho Liguori, Renato Leduc y algún otro contertulio parrandero y juguetón, como estos dos.

Otra ocasión, en espacio más holgado acaso pueda yo escribir de otro simpático encuentro que tuve con Francisco Liguori y Renato Leduc –ya no en dicha tertulia, pero sí por consecuencia-, y que me valió se convirtieran en mis dos padrinos (más un tercero que fue Armando Jiménez, el de Picardía mexicana), para  mi ingreso con honor intransferible y mérito airoso en su selecta cofradía de Los Caballeros Nivelungos (sic: con “v” del nombre El Nivel de la famosa cantina en el mero centro de la ciudad de México, no “b” del título de Los Nibelungos, ópera de R. Wagner).

Dije antes que otra de las personalidades que conocí en tan inolvidables tertulias fue la maestra pianista y musicóloga Gloria Carmona. Ella y Pepe en especial andaban ya a fines de los 70 haciendo valoración de un pequeño lote de  seis copias de partituras de obras de los músicos Teófilo (una) y Luis G. Araujo (cinco), formado por él y que usó como referencia para escribir esos párrafos que podemos leer en su Salamanca. Recuerdos de mi tierra guanajuatense (pp. 180-184), y que contienen datos de obligada referencia en todo lo que después ha sido escrito en textos sobre la tradición de la música culta en Salamanca, en particular sobre ese par de compositores, los Araujo, padre e hijo, que tenemos por hijos nacidos ¿o aclimatados? en esta ciudad.

Hubo la feliz circunstancia de que cuando la maestra Carmona invitó a Pepe a escuchar su lectura al piano de esas obras, en su casa en Coyoacán, también yo fui invitado, pues ya les había comunicado que entre los ejemplos que venía rastreando de corridos, canciones y piezas de música del Bajío, tenía localizadas algunas partituras de los Araujo. Ahí tocó ella el piano y grabó con su propia grabadora las seis partituras de los Araujo, y escribiendo los respectivos comentarios de maestra conocedora en la materia, los dio  a Pepe junto con la cinta magnetofónica, regalándome días después una copia de ésta.

Aproveché esta disposición tanto en él como en ella, de compartir con desinterés su información y sapiencia, y a la maestra pedí que hiciera una valoración de los aspectos estilísticos, músico-literarios, con que yo venía apreciando algunos de los corridos históricos que los humildes juglares apodados “Los Hermanos Cadena” (sólo conocidos en calles, cantinas, mercados y plazoletas de Salamanca), ya me habían permitido grabar en su ambiente de trabajo. Escuchó mis cintas en su casa, y generosa me entregó  sendos análisis de musicóloga experta  del Corrido de Ramón Ortiz y del Corrido de Juan García, en hojas pautadas y con textos explicativos. Así, aunque me reconozco como apenas un folklorista formado a la tronche y moche sobre la tradición músico-literaria del Bajío, de estos antecedentes que pude asimilar vía las tertulias de que hago memoria, con relativo aplomo y no poca audacia he llegado a escribir y publicar artículos, ensayos, fonogramas y hasta voluminosos libros donde presento y enaltezco como verdadero arte juglar esos y otros corridos de la tradición regional, además de comentar ciertos ángulos de la vida y obra de los Araujo. Cada vez que en mis textos he hecho mención a esto, registro el mérito que a la maestra Carmona y al erudito Rojas Garcidueñas les debe mi trabajo, como referentes claves o fuentes de consulta. Soy “aventado” y pretencioso pero no plagiario.

En estas condiciones de afabilidad y generosa apertura a sus artes y saberes con que me brindaron su amistad José Rojas Garcidueñas, su esposa Margarita Mendoza López y sus selectos contertulios en la ciudad de México, fue que descubrí que  nuestro ilustre paisano era un verdadero y prestigiado intelectual que conocía y disertaba, tanto en charlas como en escritos, de temas de literatura humanística y cultura artística con vastos y ricos alcances. Lo hacía con sólidos conocimientos y reflexiones inteligentes, muchas con sello de originalidad que como buen maestro compartía en el aula o en esas charlas informales, aún antes de ponerlas por escrito. Claro, el núcleo de asuntos a los atendió con gran dedicación y mucha brillantez, son temas sobre historia y condicionamientos culturales del idioma y literatura en nuestro país, en especial géneros teatrales y formas del nacionalismo literario, y sobre ideas y creaciones de varios literatos y artistas en varias disciplinas que desde la época virreinal y hasta el siglo XX fincaron la fama internacional de la cultura humanística que nos da identidad y carácter a los mexicanos en el concierto mundial de naciones.

También contertulia en esas felices reuniones, la maestra Elisa García Barragán, eminente historiadora del arte en México,  hacia 1985 publicó en un periódico una breve semblanza de José Rojas Garcidueñas, apodado “El Bachiller”, tributándole palabras de agradecimiento y admiración: “Es preciso señalar también la labor del “Bachiller” en la cátedra, actividad que desarrolló en diversas instituciones universitarias estatales y particulares, y en esa tarea de adoctrinamiento fue más allá de la cátedra, pues quienes no tuvimos la suerte de de escucharlo en el aula, el consejo de su palabra, la generosidad con sus conocimientos, nos beneficiaron innumerables veces, inclusive y quizás sobre todo en la propia casa del “Bachiller” en aquellos inolvidables martes en que con casa abierta él y Margarita Mendoza López su esposa, recibían a los amigos y conocidos –gentes siempre interesantes-, en amables tertulias de las que salía uno con el intelecto enriquecido y el grato recuerdo de la bonhomía del “Bachiller”, quien por su agilidad, buen manejo de la pluma y calidad humana, es una figura destacada de la cultura nacional.” (Excelsior, 6-2-1985).

III. Y aquí estoy porque ya vine, ahora acabo de llegar.

Mas como ya dije,  este artículo para Nuestra Tierra, boletín periódico que prepara el equipo de la Oficina Municipal de Investigación y Difusión Histórica de Salamanca a propósito de honrar desde distintos ángulos la personalidad de José Rojas Garcidueñas, lo escribo con ánimo de señalar que nuestro querido paisano y amigo, además de sus trascendentes quehaceres de sabio humanista con visión de amplio alcance que rebasó en algunos casos la cultura y la historia de México, también trató temas centrados en la cultura, la historia y la vida en estos ámbitos locales y regionales de la provincia guanajuatense de donde fue nativo, haciendo evocaciones de costumbres folklóricas y paisajes del panorama urbano, de sucedidos anecdóticos a personas de su entrañable relación y hechos de la gente común en estos lares de la patria mexicana, muchas veces haciendo sencillas remembranzas de sus días infantiles en familia, con vecinos y amigos. Esta faceta en la vida afectiva e intelectual de Rojas Garcidueñas  he tratado ya de tenerla por relevante y en particular significativa desde luego y en principio para quienes en Salamanca, por interés propio o por motivos de otro tipo, su obra, su actitud y su pensamiento nos ha calado o debe importarnos.

El 19 de noviembre de 1984  tomaron la iniciativa  autoridades locales y  su sobrina Rosa María Rojas, dueña de la librería “Cosmolibros”, de dedicarle a Rojas Garcidueñas un homenaje o velada literaria aquí en Salamanca, en el ex convento de San Agustín y cuyo motivo central fue que la Academia Mexicana de la Lengua acababa de editar dos textos suyos. Asistieron como presencias centrales su viuda doña Margarita y algunos de sus familiares aquí radicados, desde luego la mencionada Rosa María Rojas que tenía la referida librería en la planta baja de lo que fue la casa natal del homenajeado, portal oriente de la Plaza Principal. En el programa del acto, me tocó el inapreciable honor de leer unas notas que traje precisamente con la idea de que, en alguna parte, quedara señalado que nuestro prestigiado escritor y pensador asimismo se ocupó en vida de importantes aspectos históricos, culturales, folklóricos, costumbristas y hasta familiares de este su amado terruño.

Asenté entonces en una de mis notas que, sin menoscabo del valor y prestigio que conquistó el sabio José Rojas Garcidueñas conocedor de  vasta y sólida cultura, y que brilló como especialista en temas de la historia nacional de las artes y humanidades, bien se podía hablar de un Pepe Rojas Garcidueñas con inclinación incorregible hacia temas tocantes a Salamanca y el Bajío, era casi un cronista que no dejó de pensar y referir por escrito aspectos de las costumbres, hechos y personajes de esta provincia, más otras singularidades (anecdóticas y sencillas unas, otras de gran impacto histórico) que han dado identidad propia a su  patria chica, nuestra también. No fui yo quien pusiera por primera vez a la vista esta faceta de la actividad intelectual del amigo paisano. José Luis Martínez, gran erudito nativo de Jalisco y a la sazón presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, justamente al presentar el contenido del libro El erudito y el jardín. Anécdotas, cuentos y relatos, de José Rojas Garcidueñas, editado por esa institución en 1983, a un año de su fallecimiento, escribió que: “La vena narrativa de José Rojas Garcidueñas (1912-1981) fue una de sus primeras vocaciones, y aunque luego tomarían el primer lugar en su obra los estudios literarios y sobre temas del arte, que constituyen sus trabajos más importantes, el gusto por las narraciones breves nunca lo abandonaría. Recuerdos de su natal Salamanca y de otras ciudades y pueblos del Bajío, relatos de hechos curiosos o fugaces, anécdotas de la vida literaria mexicana de que fue testigo o que escuchó contar, y cuentos con un trasfondo literario escribiría regularmente desde los años juveniles hasta los últimos que le tocó vivir.”

Para probar esto, con datos de su bibliografía que entonces conocía, referí algunos de sus títulos donde clara y específicamente los asuntos tratados o documentados pertenecen a la realidad local salmantina, o bien son  del más amplio marco regional del Bajío. Ya dejé referidos dos en que el tema específico es Salamanca y su trayecto en el tiempo, y asenté que uno, el “Preliminar  histórico” del prólogo de mi “Monografía socioeconómica municipal” (1971) fue como breve anticipo del otro: Salamanca. Recuerdos de mi tierra guanajuatense que en 1982 apareció como libro póstumo. Cabe ahora agregar los títulos siguientes, indicando con brevedad de qué trata cada uno (y pongo en corchetes el año de su primera publicación para los que así compiló y presentó José Luis Martínez en el antes referido libro El erudito y el jardín. Anécdotas, cuentos y relatos; mientras que, en los que de mi parte adiciono, doy el dato entre paréntesis normal)

Fundación del Convento Agustino de San Juan Sahún en Salamanca de la Nueva España (1949). Edición del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, como sobretiro del número 17 de sus Anales. Luego de concisa introducción, presenta el acta de fundación y la petición de merced de dicho convento, ambos documentos de archivo por él paleografiados.

“Cristmas-Nochebuena”. [1950]. En El erudito y el jardín. Anécdotas, cuentos y relatos, Academia Mexicana, México, 1983. De una vivencia durante la fiesta de Navidad en una ciudad de Estados Unidos de Norteamérica, elabora una añoranza de cómo esta celebración era en la Salamanca de su niñez.

“San Agustín de Salamanca.” (1953). En Caminos de México. Revista Goodrich-Euzkadi, número 22, México. Artículo pionero sobre el tema, continuidad de sus iniciales indagaciones sobre el templo y convento de San Juan Sahagún que los agustinos levantaron a inicios del siglo XVII en Salamanca, junto al Lerma.

“Ejemplo de la vanidad”. [1953]. En El erudito y el…, obra citada. Discurso a modo de apólogo sobre la vanidad como característica en ciertos seres vivos, siendo el caso de una inolvidable perrita que conoció en Guanajuato, en representaciones de los Entremeses Cervantinos, que en ese aspecto llevaba tal deficiencia de carácter con ventaja plausible sobre muchos humanos, especialmente entre quienes hacen arte de escenario.

“Una copa de cognac.” [sin fechar]. En El erudito y el …, obra citada. Curiosa anécdota de un brindis que en el Guanajuato de inicios del siglo XX debió aceptar el sabio don Nicolás Rangel, de parte de un humilde minero cuyo gesto de galantería y gratitud fue a la vez magnífico y auténtico, algo brusco pero señorial.

“Las cosas, claras.” [sin fechar]. En El erudito y el …, obra citada. Refiere la anécdota del  fraile franciscano Luis del Refugio de Palacio y Valois, guardián en tiempos del conflicto religioso del convento y santuario de Zapopan, que reclamó airado y en sonoro y claro español porque un presidente municipal hacía mal uso del inmueble intervenido oficialmente.

“Por dos muy buenas razones.” [sin fechar]. En El erudito y el…, obra citada. De unas hazañas que como crítico pertinaz e incómodo hizo don Homobono González (científico decimonónico nacido en Salamanca, y manco de una mano) en un periódico que publicaba en Silao, contra desmanes políticos y administrativos de gobiernos locales bajo férula del gobernador Gral. Manuel González, también criticado; pero que le fueron toleradas por éste, no obstante que el alcalde de Silao, pedía se le reprimiera con rigor. Omito referir las dos razones de esto, pues entonces nadie irá a leer el relato con su desenlace.

“Una aurora boreal”. [1957]. En El erudito y el …, obra citada. En torno a una pintoresca e inolvidable versión que conoció de niño, en tertulia familiar de su casa aquí en Salamanca (“donde como en pocas vio florecer el arte de la conversación”), por voz y ademanes de singular expresividad de Faustinita, una ancianita que presenció la muy afamada aurora boreal que hubo el 2 de septiembre de 1859.

“Versos dedicados a la inundación de Salamanca”. (1957). En Anuario de la Sociedad Folklórica de México, número XI, México. Rescatados por JRG de la tradición de corridos históricos del Bajío, estos versos que salieron impresos al frente de una hoja volante e ilustrados en la posterior con la imagen del Señor del Hospital, los dio a conocer entre especialistas del folklore, adicionando notas informativas valiosas del contexto local en que sucedió tal desastre urbano en julio de 1912. Como tengo en mi poder el documento original, ya he publicado mis análisis y comentarios, señalando que es legado que me hizo Rojas Garcidueñas.

“Fiestas en Salamanca, Gto. Todos Santos, La Navidad, La Semana Santa, El Corpus.” (1957). En Anuario de la Sociedad…, obra citada. También para ser difundidos entre especialistas del folklore, escribió estos ricos informes de primera mano, ya que los datos y descripciones los sustenta en buena medida sobre experiencias directas y recuerdos personales. De lo que refiere sobre el festejo de Navidad, ya me ocupé y he vuelto a difundirlo, acreditando la fuente.

“De pavos reales.” [1957]. En El erudito y el …., obra citada. Una casi intimista remembranza de pláticas con su mamá aquí en Salamanca, acerca de una curiosa costumbre que había de adornar con vistosos listones las patas de los pavos reales cuando estas aves de bella y ostentosa presencia se despeluchan y sufren gran tristeza, a efectos de que recobren su orgullo y vanidad.

“Una historia mínima.” [1959]. En El erudito y el …, obra citada. La recuperación por escrito de un testimonio vivaz y detallado que oralmente portó muchos años don Valentín Casillas, quien atestiguaba lo que fue el desastre humano que trajo a la entonces Villa de Salamanca y otras poblaciones del Bajío el primer contagio de cólera morbus  que surgiera en la capital mexicana en 1833.

[“Guía turística de lugares en la República Mexicana donde existen monumentos de arte colonial y moderno”]. (1964, 6ª. ed.). En Caminos de México. Guía Goodrich-Euzkadi, México. Acerca de más de 120 lugares de todo el país proporciona datos resumidos (incluido desde luego el Distrito Federal con sitios de su demarcación); y desde luego informa de once pueblos y ciudades de Guanajuato que poseen esa clase de monumentos de arquitectura histórica. En particular en Salamanca recomienda visitar la Parroquia Antigua y el Templo y Convento de los Agustinos.

“De Salamanca.” [1964]. En El erudito y el …, obra citada. A propósito de un viaje que hizo a Salamanca, España, la de las orillas del Tormes y la famosa Universidad y su esplendida Plaza central más otras cosas memorables, mezcla en su remembranza  evocaciones de su ciudad natal de acá de la rivera del Lerma, casi al centro del estado de Guanajuato.

“En una fecha memorable.” [1964]. En El erudito y el …, obra citada. La tal fecha memorable es el 10 de marzo de 1858, cuando tuvo lugar en las afueras de la entonces Villa de Salamanca la primera de las grandes y enconadas batallas de la Guerra de Reforma; JRG reconstruye el ambiente de alarma y temor que vivió la población por el trajinar violento de las tropas combatientes, según lo que como conseja popular circuló y circula aún, de que un joven entonces pobretón dueño de un tendajón, que presenció aquello, luego y como supuesta consecuencia devino en rico y próspero comerciante.

“Pedro Garfias.” [1967]. En El erudito y el …, obra citada. En torno a encuentros plenos de buena amistad recíproca que vivió con el gran poeta andaluz Pedro Garfias en Guanajuato hacia 1953-54, recién fundada la Facultad de Filosofía y Letras, y el lamentable malentendido y ruptura que hubo al no lograr a tiempo, por tortugismo burocrático, que el poeta se arraigara en Guanajuato a trabajar para la Universidad y aliviara en algo la extrema pobreza en que vivía a pesar de su enorme talento literario.

Historia del Señor del Hospital de Salamanca. (1967). Imprenta del Bosque, México. Folleto que editó bajo su patrocinio y cuidado transcribiendo el legendario relato que existió hasta  mediados del siglo XIX y que en 1930  por vez primera divulgó impreso el médico Vicente Flores; puso Rojas Garcidueñas en la presentación renglones que sugieren que más allá del aspecto mítico-religioso del relato, hay datos significativos para la historia de precedentes indígenas en el lugar donde se fundó Salamanca. Yo he atendido a esto y tengo avanzada todo un estudio histórico-antropológico al respecto)

“Otelo.” [1972]. En El erudito y el…, obra citada. Relato recogido por vía oral de doña Florencia, cocinera en casa de los Casillas en Salamanca hacia 1965, y del mismo Vicente Casillas, quienes relataban como en verdad sucedidas las apariciones misteriosas de un enorme y extraño perro que vagaba y asustaba a niños y adultos por la  “Colonia Guanajuato”, antes Rancho de Chávez, al lado sur del Lerma, mismo animal al que se llegó a reconocer como “Otelo” y había sido fiel compañero de un hijo de la familia Puente, avecindada en esos rumbos, pero que muriera niño hacia 1900.

“Las Pastorelas mexicanas.” (1974). En La Cabra. Revista del Teatro Universitario, número 41, México. Interesante artículo en que postula, con tono de polemista frente a otros estudiosos del teatro en México, la  tesis de que este género de teatro popular religioso de nuestro país no fue de catequesis ni de contenidos procaces, al menos no las obras que acá en el Bajío y en espacial en Salamanca se representan como de muy antigua tradición. De mi parte ya me ocupé más de una vez en respaldar su punto de vista, atenido a ejemplos que he recolectado en la región.

“Conflictos de toponimia.” [1975]. En El erudito y el …, obra citada. Entretenido ensayo donde con sorna se ocupa del conflicto que en efecto se suscitó al mediar el decenio 1940-50 entre grupos de políticos locales, cuando uno de éstos, en lo que era extenso territorio de Apaseo el Grande, pugnó y llevó a efecto la desmembración en dos entidades de gobierno municipal y debió bautizar a la parte resultante con un nuevo y no mal-interpretable nombre. En mi reciente libro en que escribo de nuevo sobre el poeta Antonio Plaza, reconsidero el texto de JRG a fin de aclarar en cuál de los dos municipios Apaseos hoy existentes pudo haber nacido el popular autor de Álbum del Corazón.

“De Santa Cruz.” [1980]. En El erudito y el …, obra citada. Trata de un viaje en automóvil  que hizo cuando niño con su papá y un amigo de éste, de la Salamanca notoriamente criolla al pueblo notoriamente indígena de Santa Cruz de Galeana (hoy de Juventino Rosas), lugar donde curioseo en el templo parroquial buscando una antigua cruz de madera tal vez de culto sincrético; y también vivió la inesperada sorpresa de que pudieron saciar el hambre con ricos ultramarinos y vino embotellado de Europa, servidos en una tienda de apariencia modesta.

Hasta aquí, pues, los escritos de Jósé Rojas Garcidueñas con temas que nos incumben muy de cerca a los salmantinos y abajeños nuestro paisano y amigo el sabio literato, afable y sencillo dentro de su brillante y más amplia sapiencia, que resumo y gloso para su homenaje al cumplirse más de treinta años de que falleció. Con mi afecto, Pepe, también para usted, doña Margarita, allá … donde estén.

Julio del 2012. Desde la antigua Academia de San Carlos, hoy Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM, Centro Histórico de la Ciudad de México.

(“Por mis Razos me hablará el espíritu”; “In dog we trust”; y “No, no es cierto que el Corrido sea un peligro para México”).

José Rojas Garcidueñas. El erudito, sus libros, su humanismo.

Juan Diego Razo Oliva.

Docente e investigador  cronista de

la Escuela Nacional de Artes  Plásticas (UNAM),

antigua Academia de San Carlos.

A la edad de 69 años, el 1 de julio de 1981, falleció en la ciudad de México José Rojas Garcidueñas, prolífico y destacado  intelectual humanista oriundo de Salamanca, Guanajuato, por lo que ahora, al mediar este año 2011, estamos cumpliendo 30 años sin su estimada presencia, por no decir que casi lo hemos relegado a un injusto olvido.

En julio de 1983, su viuda Margarita Mendoza-López (también una gran personalidad en el mundo de las disciplinas humanistas y artísticas de México) me envió una amable carta donde me informaba de cómo estaba ejecutando la última pero expresa voluntad de su esposo fallecido, respecto a la distribución o destinos concretos que ya habían seguido o estaba dándole a la rica biblioteca y otros acervos documentales que durante toda su vida, viajando por nuestro país y por el extranjero, había reunido, con inagotable sed de erudito, el ilustrado e ilustre escritor y pensador salmantino. Con el informe, me anexó el curriculum vitae del recién fallecido, cuidadosamente revisado y actualizado por ella misma.

Y cuando por teléfono le llamé para agradecerle su gentil comunicado, me dijo que yo podía pasar a su casa, un amplio y precioso departamento en la calle de Bolívar del centro de la ciudad, a recoger unas tres docenas de libros sobre folklore literario y musical del país, que para mí había apartado Pepe Rojas Garcidueñas, más unos cuantos fólders en que separó de su archivo varios documentos relativos sucesos y personajes de la historia de Salamanca y de Guanajuato, bajo el supuesto de que yo algún día tal vez me ocupara en comentarlos y darlos a conocer. De algunos ya lo he hecho.

Al especificar que el lote más cuantioso y de importancia selectiva de esos fondos bibliográfico y documentales lo heredaba Rojas Garcidueñas al Centro de Investigaciones Humanísticas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, explicaba que ello se hacía en razón de que reunidos libros, folletos, manuscritos y documentos en un solo espacio, podrían  “facilitar la tarea de quien, en algún momento, se interese por estudiar su obra, que abarca diversas disciplinas”. Uno de los documentos incluido en la donación, de singular interés, era el original mecanoescrito de su libro Salamanca. Recuerdos de mi tierra guanajuatense. Del idóneo espacio en que se depositaron, fue posible disponer gracias al gentil ofrecimiento que había hecho el maestro Luis Rionda Arreguín, director de dicho Centro. También se tomó con especial consideración que José Rojas Garcidueñas fue fundador de la mencionada Facultad en la UG.

Poco más de un año después, en noviembre de 1984,  la misma Margarita Mendoza-López, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, leyó un texto con propiamente esta misma información frente a quienes asistimos a la sesión de homenaje póstumo que rindió el Ateneo Doctor Jaime Torres Bodet, A. C. al intelectual salamantino que también figuró en vida como uno de sus miembros prestigiados. Cuando este texto fue editado en forma de un pulcro y cuidado cuadernillo de 28 páginas, la señora Margarita de nuevo me hizo el honor de obsequiarme un ejemplar. Allí, entre la página 3 y la 14, se pueden leer las palabras entrañablemente amorosas, pero muy serenas, con que la viuda de José (“Pepe”) Rojas Garcidueñas trazó la semblanza y trayectoria intelectual y espiritual, siempre fincada en noble humanismo, de quien fue su pareja conyugal desde 1943 hasta el día  que él falleciera.

Me parece magnífica la oportunidad que brinda el boletín Nuestra Tierra, Salamanca, Historia y Cultura para que en sus páginas comencemos a recuperar el noble recuerdo y la justa admiración que merece el licenciado José Rojas Garcidueñas, esto apenas como anticipo de un gran homenaje en toda forma que ya dije se le debe en nuestra ciudad, el solar natal pedazo de “su tierra guanajuatense” que no en pocos de sus textos figuró como asunto central o como referencia significativa. Así es que  nada mejor que traslademos aquí, en primer lugar, lo que leyera doña Margarita en la sesión solemne que el Ateneo Doctor Jaime Torres Bodet dedicó en memoria del ilustre desaparecido un poco después de tan sensible pérdida humana. Creo igualmente que el currículum vitae que la misma viuda revisara y actualizara (justamente antes de que ella también muriera, en su caso en forma por demás trágica durante los terremotos de 1985 en la ciudad de México), puede incluirse como un apéndice especial en este u otro número del boletín, respetando la integridad de su contenido y su forma, ya que por sí mismo adquiere el valor de documento de archivo con datos de primera mano.

Consideren, pues, lo lectores de estos párrafos, que son de mi parte como una invitación general a que, a partir del caso de José Rojas Garcidueñas, entre los nuevos historiadores de la localidad y entre el público general, se  genere un más amplio conocimiento y divulgación de la cultura y la historia de Salamanca, de personajes  nacidos aquí o radicados, asunto éste que desde luego incumbe a la historia y cultura de Guanajuato y de México como escenarios más amplios.

El texto referido de doña Margarita lo intituló sencillamente con el enunciado “José Rojas Garcidueñas, el hombre”. Y luego lo desarrolló abriendo un total de 21 breves apartados, siendo los dos últimos los que relatan cómo fue su enfermedad y muerte. Estos finales sucesos de la trayectoria vital de un hombre a quien siempre se le vio animado por una gran inquietud intelectual y creativa a partir de la palabra escrita, a mí me causaron la impresión de que ante tan fatales realidades –de las cuales tuvo un pronóstico oportuno que él mismo solicitara a los médicos que le atendieron de síntomas preocupantes-,  nuestro admirado Pepe Rojas Garcidueñas las enfrentó como un sabio de estirpe semejante a aquellos patricios de la Roma Republicana o del Renacimiento Humanista, quienes, visto que a todos y dondequiera nos llega “la hora”, de lo que menos se ocupaban era en causar pesadumbres inútiles en sus deudos y amigos. Ejemplar estoicismo.

Pero es mejor que leamos los términos mismos en que redactó su texto elegíaco la viuda doña Margarita Mendoza-López. Dicen (con algunos intercalados y precisiones de mi parte):

JOSÉ ROJAS GARCIDUEÑAS, EL HOMBRE.

EL HOMBRE

Conocí a José Rojas Garcidueñas en 1934 –  hace exactamente cincuenta años -: ambos descubrimos afinidad en gustos y fuimos compañeros en conferencias y conciertos, en teatros y exposiciones de artes plásticas. Intercambio de libros y opiniones. En 1943 decidimos, por comodidad, casarnos. No fue amor apasionado, sino mutua compresión. Las costumbres establecidas chocaban con nuestras personalidades: en el momento en que cualesquiera de los dos se sintiera atraído por otra persona, nos separaríamos sin que mediaran recriminaciones. Absoluta y total independencia, por ello seguí yo usando mi apellido de soltera – Mendoza López-  y nos divertían los malos entendidos que la situación suscitaba, como por ejemplo, cuando el Director del Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, licenciado Agustín Arriaga Rivera, me comisionó para que asistiera, como representante de la Institución, a la ceremonia de ingreso como Académico de la Lengua del licenciado José Rojas Garcidueñas.

Treinta y ocho años duró esta unión fincada en la más absoluta libertad. Jamás nos preguntamos en dónde habíamos estado o a dónde nos dirigíamos. Teníamos amigos comunes, pero también otros que no lo eran. Esta vida en común, cercana e individual, me permite ahora hablar del hombre que fue José Rojas Garcidueñas.

NIÑO.

Casa solariega en la Salamanca guanajuatense del año de 1912. La hermana primogénita fallece. El cariño paternal se vuelca en el segundo hijo, José de Jesús [nombre compuesto con que fue bautizado], quien duerme cuando le viene en gana, trastocando el horario usual y obligando a su madre a jugar con él hasta el amanecer. Porfía por comer una golosina y, cuando lo ha hecho, se emberrincha por que no quería haberla comido.

Jugando aprende las letras, forma palabras y se hace amigo de Julio Verne.

LA REVOLUCIÓN.

Mira saquear su casa y a su padre, y a otros señores, frente a los rifles de los revolucionarios. Llora, no por miedo, pues no comprende lo que sucede, sino porque mira llorar a su madre.

ESCOLAR.

El internado del Colegio Francés de la ciudad de México le abre sus  puertas. Tristeza profunda de niño mimado. Lee incansablemente, refugio de solitarios. Conversa no con los niños sus compañeros, sino con los padres maristas que son sus profesores.

Se desata la Guerra Cristera y los hermanos maristas endilgan a los alumnos la tarea de fijar, por la noche, impresos propagandistas en los muros cercanos al colegio. Años más tarde le entristecía que se utilizaran a niños y adolescentes en semejante ocupación.

ESTUDIANTE EN JURISPRUDENCIA.

Se inscribe en la Facultad de Derecho [de la UNAM] no por gusto, sino porque debe seguir alguna de las carreras tradicionales. Descubre el Derecho Internacional, se engolosina con fray Francisco de Vitoria y con el concepto que de la conquista tiene. Para optar el grado de Licenciado en Derecho escribe “Vitoria y el problema de la conquista en Derecho Internacional”. [Que editará Ábside en 1938] Paralelamente a los estudios en Leyes es alumno de la Facultad de Filosofía y Letras [también de la UNAM] y asiste al curso de investigaciones históricas que imparte don Nicolás Rangel. Su afición por el siglo XVI se acrecienta y se gana el mote de “El Bachiller”. Escribe [y edita en 1935] “El Teatro de la Nueva España en el Siglo XVI”, mismo que es reeditado en 1973. [Fue de hecho su obra primera].

José Vasconcelos lanza su candidatura para la Presidencia de la República. José Rojas Garcidueñas, como otros muchos estudiantes lo siguen, por ser civil y por ser El maestro de América. Jamás le perdonó que abandonara la lucha y se exiliara, dejando al garete a quienes lo apoyaban, y menos aun que tergiversara los ideales primigenios para ponerse al servicio del fascismo.

LOS LIBROS.

Fueron los libros sus verdaderos y únicos amigos. Los amaba, cuando decía: “mis libros”, su voz cobraba entonación de amor. Acostumbraba leer dos o tres a la vez, alternándolos, cada uno en horas determinadas. Pasada la media noche tocaba su turno a las novelas policíacas.

Cada año releía “El Quijote” y reunió una interesante colección de “Quijotes”. Julio Verne, que de niño le divertía por las peripecias que acontecen a los personajes, cobra con la madurez profundidad insospechada por las dimensiones de humanidad universal que se desprenden de los caracteres [por él] creados.

CLASIDISCOS [Revista].

Los artículos [siguientes] publicados en esta revista están firmados con el pseudónimo de El Bachiller de Salamanca.

El concierto, 1959. (Publicado antes, en 1956, en Anécdotas, Cuentos y Relatos.) Estreno de los órganos de Catedral, 1959. El órgano de San Francisco, 1959. Recordando a Purcell, 1959. Un ballet melodramático sobre Cuauhtémoc, 1959. Se cuenta de Stravinsky, 1959.

RUECA [otra revista en que publicó].

Tres fichas relativas a Ruiz de Alarcón, 1943 y El hallazgo del crítico, 1948. (Publicado posteriormente, en 1956, en Anécdotas, Cuentos y Relatos).

LECTOR.

Gustaba leer en voz alta y lo hacía extraordinariamente bien. Recreaba las páginas de Cervantes con la entonación castellana y leía el “Martín Fierro” dando el tono y el deje justos del argentino.

Intenté grabar sus lecturas, pero la aversión que sentía a micrófonos y grabadoras lo impidió. Cuando de obras de teatro se trataba daba a cada personaje la entonación precisa y adecuada.

LOS ANIMALES.

De niño da terrones de azúcar a los caballos de su padre, contemporiza con la grulla neurasténica que vive en el corral, juega con los gatos y está atento a la llegada de las golondrinas que anidan entre las vigas del techo del corredor.

De adulto, y en la ciudad de Guanajuato, hicimos migas con los pájaros que cambiaban las copas de los árboles del Paseo de la Presa por nuestra terraza, en la que encontraban cajetes con agua y arroz crudo  y martajado que les hacía desdeñar el consabido alpiste y el tradicional pirul. Si alguna vez no encontraban lo que era de su gusto se azotaban inmisericordes contra la ventana del estudio hasta que pedíamos excusas y esparcíamos el arroz.

En cuanto a los perros, de niño tuvo por amigo al Greco, galgo que era vegetariano. De adulto, entre otros, a uno grande y callejero por cuya estampa tuvo que ser llamado Perro Viejo. Un día que subíamos los peldaños de la Ladera de Santa Gertrudis, en Guanajuato, y abríamos la puerta de nuestra pequeña casa, entró Perro Viejo con nosotros y al mirar el rectángulo en el que habíamos sembrado hortalizas, fue tal su regocijo que a el se fue y con entusiasmo indescriptible se revolcó una y otra vez, destruyendo las pequeñas matas que apenas brotaban. La disyuntiva era clara: legumbres y verduras o alegría de Perro Viejo. Optamos por lo segundo.

Perro Viejo era callejero y desdeñaba el lugar fijo. Una tarde descubrió que la gaveta inferior del escritorio le agradaba y, sin miramientos, en ella se metió sin importarle ni los papeles que en ella había ni que tuvo que hacerse mil dobleces para caber. No hubo más remedio que limpiar la gaveta de papeles y dejarla a disposición de Perro Viejo.

En la ciudad de México y en la avenida Chapultepec apareció otro perro, viejo también y callejero, que dormía en el estacionamiento cercano y se alimentaba con lo que buenamente podía darle el bolero que ahí ejercía su profesión. La amistad entre José y el vagabundo perro surge de inmediato. Al poco tiempo la enfermedad aparece, el veterinario resultó impotente y el zalamero perro fue sepultado bajo un arriate de rosas.

COLECCIONISTA.

En un momento determinado pensé, muy en serio, abrir una miscelánea, tal era la cantidad de objetos diversos acumulados en casa: lápices de todos colores, plumas fuentes y atómicas, frascos de tinta, papel secante, resmas de papel y rimeros de cuadernos en blanco, además de tarjetas postales, fotografías, timbres postales, mapas y guías de viaje; monedas y cajas de cerillos. Todo en un maravilloso desorden, sin el menor intento de clasificación. Entremezclados  con los objetos mencionados, pequeños jabones de los que se encuentran en las habitaciones de los hoteles mexicanos y que son desconocidos en las europeas y americanas.

ESCRITOR.

Me da mucho trabajo escribir –solía asegurar-.  Sin embargo, en sus sesentainueve años de vida compuso quince libros y una buena cantidad de artículos y ensayos. El primer libro fue escrito a los veintitrés años –“El Teatro de Nueva España en el Siglo XVI”- y los últimos a los sesentainueve años –“Temas Literarios del Virreinato” y “Salamanca, recuerdos de mi tierra guanajuatense”.

El teatro, el derecho internacional, la literatura y el folklore, la historia, el arte y los sucedidos cotidianos fueron la temática que manejó. La versatilidad en los asuntos es el resultado de su inagotable curiosidad  para las disciplinas humanas. Su última inquietud quedó pendiente: la traducción de las obras de Machado de Assis. [Joaquín María Machado de Assis, brasileño, 1839-1908]

OCUPACIONES.

Fue José Rojas Garcidueñas Licenciado en Derecho y Maestro de Letras. Sus ocupaciones fueron la docencia en letras, historia y arte, pero también ejerció sus conocimientos internacionales como Abogado Consultor y Consultor Jurídico en la Dirección de Límites y Aguas Internacionales de la Secretaria de Relaciones Exteriores, además de participar como Representante o Asesor en reuniones en Washington, San Salvador, Río de Janeiro, Buenos Aires y Caracas. Empleos y cargos [estos] de categoría dentro de sus dos profesiones que ni fueron obstáculo para que en el lapso de 1944 a 1947 fuera gerente de la Orquesta Sinfónica de México, dirigida por el maestro Carlos Chávez y [tampoco para] que de 1951 a 1953 desempeñara el cargo de Administrador del Instituto Tecnológico de México.

No cabía en su manera de ser el estar a mano sobre mano y jamás tuvo por denigrante ningún trabajo. Cuando decidió dejar la ciudad de Guanajuato, a la que fue para fundar y dirigir la Facultad de Filosofía y Letras, y mientras en la capital se arreglaba su reingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México, durante unos tres meses se convirtió en Inspector de una Secretaria –no recuerdo cuál- tarea que lo obligaba a visitar empresas y comprobar que la calidad de los productos y los precios de venta eran los adecuados. El mismo empeño, la misma responsabilidad con que preparaba una clase universitaria ponía en ese empleo. Quiero aclarar que lo aceptó no por necesidad económica, sino porque sentía la obligación de percibir un sueldo.

MIEMBRO DE AGRUPACIONES.

No fue amigo de buscar o solicitar distinciones y fueron algunas instituciones las que lo llamaron para que fuera uno de sus miembros, entre ellas la Academia Mexicana de la Lengua, de la que fue Académico de Número y Secretario Perpetuo; el Seminario de Cultura Mexicana; la Asociación Internacional de Derecho de Aguas; la International Law Association; el Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional.

CONVIVENCIA HUMANA.

Un acendrado sentimiento de convivencia humana y de rechazo a la intromisión ajena era su norma de conducta, lo mismo se tratara de países que de personas.

Su simpatía hacia el político guatemalteco Jacobo Arbenz, no por su persona sino porque intentaba destruir la preponderancia de la United Fruit Company en Guatemala le costó la negación de una visa para dictar un curso en la Universidad de Berkeley.

– Usted está en contra de los Estados Unidos –dijo el funcionario migratorio estadounidense-.

– No hay tal. No estoy en contra del país sino de quienes se empeñan en intervenir en los asuntos de otros pueblos.

– Mi país jamás interviene –contestó el funcionario-.

– A mí, como mexicano, no puede decirme semejante mentira.

Acto seguido se dedicó a dar una cátedra de la historia de las intervenciones, armadas unas, económicas otras, que México ha sufrido.

– Lo ignoraba –respondió el flemático funcionario- , pero no se le puede extender la visa.

Divertido solía relatar [este] sucedido cuando años después viajó en varias ocasiones a Estados Unidos, con pasaporte diplomático, como Abogado Consultor de la Dirección de Límites Internacionales de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

[LA] CIUDAD.

Amaba entrañablemente a la ciudad de México –“mi ciudad”- la llamaba y la conocía palmo a palmo. No la que se conformó en los últimos años de urbanismo enloquecedor, sino la que existía en los años veintes y que por mucho tiempo conservó su fisonomía. Recuerdo los largos paseos dominicales salpicados con acuciosas explicaciones que encerraban datos históricos, sucedidos legendarios, vivencias de niñez y de adolescencia.

Gozaba cuando alguien le pedía fuera guía. De vez en vez decía: “Mi pobre ciudad”. Jamás aceptó los cambios y se hacía el disimulado ante los que han sido positivos.

VIAJERO.

París: Vivencias infantiles [le] afloraban; cancioncillas francesas que la madre le cantaba para arrullarlo; el recuerdo de sus maestros en el internado del Colegio Francés surgen y recuerda que aprendió a beber ajenjo, al atardecer, convidado por ellos, por Monsieur Bernauld, en especial. En dos únicas ocasiones estuvo en París, pero [tenía] conocida la ciudad como si la hubiera vivido; saboreaba sus calles, admiraba el bellos trazo. Sus lecturas de autores franceses le hicieron conocer, a distancia, la hermosa ciudad.

España: “¡Nada más faltaba que me sintiera extranjero en España!” –aseguraba-. El leve silbar de las eses y su despego a la entonación popular mexicana –la cantinflesca- hacía que su español no desentonara con el que en España habla el hombre culto.

Su gusto por el vino, el queso y los embutidos le acercaba a la cocina nacional [española]. Con el cordero segoviano se deleitaba, lo mismo que con las vieiras y el vino gallegos; el aceite y el pan fueron desde niño parte de su alimentación. ¿Cómo no saborearlos en España?

DESEOS NO REALIZADOS.

Imprenta. Su gran sueño, irrealizado, fue tener una imprenta y hacer ediciones preciosistas, paradas a mano, sin prisa, sin apremio de tiempo, con capitulares fuera de serie, pieles y hierros y papel que fueran un deleite a la mirada y al tacto.

Salchichonería. “Quiero poner una salchichonería –solía decir- muy bien surtida: mortadelas, patés salchichones, caviar, sobreasada, truchas y ostiones ahumados, queso camembert y quesillo de Oaxaca, fromage avec echalotte canadiense y panela salmantina. Vinos franceses y del Rhin, Valdepeñas y vino verde portugués. Aceitunas verdes y negras; alcaparras y rajas de jalapeños; pan negro, blanco, de centeno; negro con incrustaciones de cominos y ¡bolillos, teleras y pambazos!”

“En cuanto las provisiones estén en su sitio, invito a los amigos que sepan gustar de estas cosas y cierro la puerta, ¡no vaya a ser que algún impertinente comprador quiera llevárselas!”

QUEHACERES DOMÉSTICOS.

-Si tú alternas los quehaceres domésticos con los intelectuales ¿Por qué no he de hacer lo mismo yo? – comentaba-. De entre las tareas caseras le agradaba cocinar. Yo no podía enseñarle las recetas establecidas porque las ignoraba, pero si los platillos que salían de mi inventiva. En un cuaderno anotaba, minuciosamente, los pormenores y tenía un buen sazón, aunque ensuciaba más trastes de los estrictamente indispensables, cacharros que él mismo lavaba.

La tortilla de huevos, aderezada con muy diversos condimentos era su especialidad: tierna por dentro y dorada por fuera; llego a dominar el albondigón, el paté de hígado de pollo y el arroz al vapor. Las especias, las yerbas olorosas y el vino eran sus condimentos favoritos, sin que faltaran el ajo y la cebolla.

Reunimos una buena colección de libros de cocina, del siglo XIX mexicano –Amapola del Bajío, uno de ellos-. También recetas de países extranjeros. Nos divertía considerar la cantidad de tiempo que se invertía en la preparación de los guisos y la cantidad de ayudantes que eran menester.

Cosa increíble pero ciertísima: tanto a él como a mi nos gustaba lavar trastes.

ENFERMEDAD

– No quiero que me hagan nada. Quiero escribir.

– Te prometo que así será – contesté-.

A su alcance mesillas auxiliares rodantes colmadas con todo lo que pudiera necesitar. Una “andadera” especial le permitía ir de un estante a otro. La señorita Gloria Gopar iba por las mañanas y con ella despachaba los asuntos que, como Secretario de la Academia Mexicana de la Lengua debía cumplir. Por las tardes el joven estudiante Rubén Federico mecanografiaba las cuartillas manuscritas que José escribía. José Manuel Otero le ayudaba en otros menesteres. Con el ingeniero Luis Cabrera traba asuntos relacionados con la Dirección de Límites Internacionales [de la SRE].

Durante el año de reclusión, 1980-1981, escribió dos libros: “Temas literarios del Virreinato”, a petición de Miguel Ángel Porrúa; y “Salamanca, recuerdo de mi tierra guanajuatense”, de hondo significado afectivo para José, quien aseguraba permanecería en el olvido. La sorpresa fue inaudita cuando José Antonio Pérez Porrúa se interesó por editarlo [ya como texto póstumo].

Además, revisó algunos relatos que, unidos a otros publicados en ediciones fuera de comercio, Ediciones de “La Paloma”, fueron recogidos por José Luis Martínez en el tomo “El erudito y su jardín”. Para Roberto Mantilla Molina redactó un breve estudio titulado “Cuencas hidrológicas internacionales”. Poco antes de salir rumbo al Sanatorio Español [donde expiró], me dictó a la máquina unos datos que acerca de la Academia Mexicana le pidió José Luis Martínez, director de la Institución.

LA MUERTE.

– La muerte es la felicidad puesto que por ella dejamos este “valle de lágrimas”-, dije al desgaire y momentos después comentó:

-Gracias por lo que me dijiste.

No era que el necesitara de palabras reconfortantes, sino que esas que dije le comprobaban que no iba a caer en angustias ni apesadumbramientos inútiles. Mis palabras no fueron vanas y jamás miró tristeza en mí, aunque… tan bien me conocía que adivinaba lo que en mi interior sentía, pero tuve el valor de llenar mi pensamiento de alegría y no de dolor.

Cometía impertinencias con amigos que de buena intención iban sintiéndose obligados a comentar la enfermedad. A varios impedí llegar hasta él. No comprendían que lo que deseaba era ocupar su tiempo que le quedaba escribiendo.

La mirada alegre y de paz lo acompañó hasta el último momento, por ello es que pido a los amigos que lo recuerden con alegría, no con tristeza.

——+——

Hasta aquí las palabras de doña Margarita Mendoza-López, viuda digna y con ánimo recio del intelectual salmantino José Rojas Garcidueñas. Son un excelente marco de luto alegre, positivo, ennoblecedor y adecuado para tener presente el recuerdo de tan notable hombre de libros, pensador humanista de sólida formación universitaria y genuina médula mexicana.

Creo que sirven perfectamente para que en este mismo o en otro número de este boletín de divulgación historiográfica aparezca, como anexo documental literalmente copiado, de ser posible en facsímil, el currículum vitae de nuestro personaje, tal como lo redactó y actualizó la propia viuda en la ciudad de México, en noviembre de 1984.  Para los tiempos de homenajes, contaremos con las más indispensables referencias, y para quienes luego quieran estudiar a fondo y con rigor académico su trayectoria vital y el conjunto de sus obras, se tendrán los indicios necesarios para allegarse los datos y documentos más relevantes.